sábado, 22 de noviembre de 2014

Paz: crónica de océano



Es el cuarto día de cruce en el océano. Aún quedan dos días más.

Estar en el medio de la nada me provoca una doble sensación; por un lado es este meneo constante del barco que simula una cunita infantil, por lo que ando media dormida por los corredores y no puedo evitar bostezar cuando trabajo. Es lo mejor que me puede pasar a la hora de dormir, pero el resto de las horas del día (especialmente cuando llega la noche y al Atlántico se le da por agitarse), siento que estoy en un juego de un parque de diversiones.


Por el otro lado, salir a tomar aire y ver agua a mis cuatro puntos cardinales… eso es algo que me deja sin palabras. De alguna forma me relaja. Probablemente esa relajación se deba a que sé que en dos días voy a pisar tierra, entonces me dejo disfrutar el paisaje a mi alrededor, ese constante oleaje blanco y la ola aguamarina que deja el barco al avanzar.

domingo, 16 de noviembre de 2014

burbuja

Tal vez mi corazón es nómada.

La perte de la película de Disney Tarzan. Cuando él encuentra a Jane, cuando pone su mano junto a la de ella y se reconoce como miembro de la misma especie. Es exactamente lo que sentí cuando llegué, por primera vez, a un lugar totalmente diferente a mi burbuja.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

lunes, 10 de noviembre de 2014

Matar el cliché

Livorno. Esta foto fue tomada por mi amigo Jon por venganza luego de
que le arruinar lo que sería "la foto perfecta" de un hombre en una bicicleta.
Nunca conocí la Italia Romántica. Esa Italia que venden las agencias de viaje y las revistas que hablan sobre ciudades. No. Mi primer impresión de Roma, por ejemplo, fue la de una larga calle llena de personas preparándose para pasar la noche allí mismo, con mantas viejas y papel de diario; algunas de esas personas haciendo sus necesidades más humanas a la vista de todos y la única que se sentía sorprendida era yo. Llegué a Nápoles por primera vez cuando los recolectores de basura estaban de huelga... en pleno verano. Ni que hablar de los gitanos en Florencia ni, mucho menos, que llegué a la ciudad del renacimiento enseguida de dejarme con un novio y lloré día y noche.

Conocí, en cambio, la Roma antigua, todas las gelaterias por las que pasaba cerca, el Rapto de las Sabinas. Perdí parte de mi fortuna tirándola en la Fontana di Trevi (una y otra y otra vez). Me perdí. Es que no hay nada más asombroso que perderse en Italia. Sea donde sea, como cuando llegué a Roma y en lugar de llegar al hostal llegue a esa calle que es residencia de muchas personas, o en Venecia donde, especialmente de noche, abundan las ratas.

Italia es mi país europeo favorito. Al que volvería cada año sin cuestionamiento. Y cada año dejaría todas mis monedas en la hermosa fontana di Trevi, también sin cuestionarlo. Volvería a Nápoles aunque sólo fuera por la pizza y sin ningún lugar a dudas volvería a los pueblios cercanos a Cinque Terre que son la escenografía real más ficticia que he visto en ninguna parte del mundo.

Para mí Italia no es sinónimo de romance ni de moda ni de comida. Es sinónimo de la vida misma: hermosa y caótica. Pone en manifiesto las cosas en las que realmente creo: lo que importa es la familia, los amigos, el buen vino y un buen plato de pastas. Y entra en crisis con las mismas cosas que yo: la economía, una historia problemática y un mundo en ruinas.
Venecia. Esta foto fue tomada por mi amigo Nacho (Agnesio)

Florencia.



Mucho más

Fueron 4 años.

Con ese sentimiento de que sólo debía estirar el brazo para tener el mundo en mis manos, cuando di un paso más para alejarme de lo conocido, de mi mundo seguro. Cuatro años atrás deseaba rutas nuevas, caras distintas, sabores que nunca había imaginado.

El sueño se hizo realidad. Surqué más de siete mares, toqué la tierra de Sandokan, del pirata Morgan y llegué a las antípodas de mi país. Superé mi disgusto por comer frutos del mar, tomé mi primer coco en el continente asiático, tiré bolas de nieve en pleno verano en el polo norte y formé amistad con personas de todas partes del planeta.

Y será que como en todos los barcos siempre hubo un portugués, yo conseguí el mío.

Pero, como todas las etapas, esta también debe cerrarse. Hace unos días mis amigas me preguntaron cuál fue el lugar qué más me gustó el el mundo entero y lo primero que se me vino a la mente fue: mi cama y mi almohada. Pero como pensé que necesitaban el nombre de una ciudad, les dije: Colonia del Sacramento. Mi hogar.

Terminé una ruta acuática. Terminé con una etapa que me llevó por el mundo: de arriba a abajo y de un costado al otro (si mi profesor de geografía lee esto ¡me mata!). Pero sin dudas que no he terminado de viajar, de quemar kilómetros, de conocer gente.

En estos cuatro años hice mucho ¡pero aún queda mucho más!

Selfi en Senegal con niños de una villa.

Tomando cerveza Baltika frente a la Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada,
en San Petersburgo.

En Napoli, en el lugar donde se inventó la pizza Margarita.

Tirando la moneda en la Fontana di Trevi, en Roma, Italia.

Crew Bar con mis amigos Julio, Tamy y Lucas

Ciudad del Cabo con la Table Mountain de fondo.

Con Jon, mi mejor amigo, en San Petersburgo.

Dos luchadores de pura cepa. Ricardo con buena compañía en Hong Kong.

lunes, 29 de septiembre de 2014

La primera

Dakar, Senegal.

Con Nafi, el día que la conocí.
Nafi es la primera esposa. Es una mujer hermosa, grande y majestuosa que, con su traje y turbante color verde, está sentada al final del bus, inspeccionando al guía. A él tener una superior mujer parece no hacerle gracia. El guía es un hombre muy tradicional quien no dejó pasar momento para contarnos cómo no le gustaba que las tradiciones estuvieran cambiando.

Según él nos explicó, las mujeres senegalesas, al casarse, van a vivir a la casa del marido, con la madre del marido y, teniendo en cuenta que lo común es tener muchos hijos, probablemente, también vivirían con los hermanos y las esposas de esos hermanos. Todas esas personas bajo el mismo techo sin tener en cuenta que la tradición musulmana les permite tener varias esposas. Así que estamos hablando de varias esposas de un mismo hombre viviendo con la suegra, con los cuñados y con todas las esposas de esos cuñados. A mí me suena a muchas mujeres juntas. A Nafi también.

“Pero ahora las mujeres no quieren vivir con la suegra”, dijo el guía con un tono de voz de descreimiento. ¡Y parece que tampoco quieren que el marido se vuelva a casar!

El bus, que estaba lleno de personas occidentales, no pudo comprender cuál era la pena del guía. Una de esas mujeres, que era de Estados Unidos, me dijo que ni loca se iba a vivir con su suegra. “La mujer me odia porque le quité a su bebé”.

Le pregunté a Nafi, entonces, si ella estaba casada. Me dijo que sí, y que tenía una hija. Le pregunté si su marido tenía más esposas. “Sólo una más”, me respondió, “Pero yo soy la primera”, y un dejo de orgullo se escuchó en su voz.

La segunda esposa vive en el piso de arriba, con sus dos hijas, y el marido se turna al momento de dormir: dos noches con cada una. Por suerte, me contó, las dos mujeres se llevan bien y las hijas son muy amigas.

“Tuve suerte”, me contó “mi marido es mi mejor amigo”. Y con mucho respecto a esa amistad, él le contó que se iba a volver a casar. Su voz se quebró al decirme que es un momento muy triste y que, generalmente, la familia de la nueva esposa le da regalos a la primera esposa. Pero ella le había pedido a su marido que si alguna vez quería volver a casarse, que le contara. Y él respetó ese pedido, así que al llegar el día Nafi estaba tan preparada como podía estarlo.


Me contó que claro que apoya la tradición de su país que es necesaria porque cuantos más hijos tiene un hombre, más manos de trabajo tendría para la granja. Pero ella, me dijo enseguida, no vivía en una granja.

Links

En los siguientes links pueden encontrarse las versiones digitales de los artículos que he escrito y han sido publicados en la revista Seisgrados.












domingo, 31 de agosto de 2014

Idiomas

Lisboa es una de las ciudades que más me gustan. Cálida, simple, colorida. Las personas locales no se andan con vueltas: nada de falsas sonrisas ni palabras llenas de flores. Completamente contrario al Costumer Service estadounidense, los lusitanos van y vienen como son: como todas las personas, tienen días buenos y días malos. Esa sinceridad me encanta.

Entonces viene este hombre, Suizo-Alemán (la peor combinación) y se pone a hablar conmigo como si me interesara su vida. Comienza a contarme de la vez que cruzó el canal del Panamá, de un hotel hermoso en San Francisco y, aún no sé cómo, llegó a Europa y a marcar un índice totalmente diferente al mío, de ciudades. "Acá está Roma", me dijo colocando la mano a la altura de su cabeza (era un señor bastante alto). Luego se agacha y a la altura del suelo vuelve a marcar con la mano "Acá, Barcelona". Primer problema. Todo bien con Roma, me encanta, ojalá pudiera volver cada año de mi vida, pero ¿A quién se le ocurre que las ruinas romanas pueden ser tanto mejores que una ciudad tan llena de vida, tan cosmopolita, como es Barcelona. Yo continué con mi sonrisa porque, después de todo, para eso me pagan, para sonreír. El hombre, que pareció no darse cuenta de ese Costumer Service, de esa falsa sonrisa que le dirigía y de que prefería estar en cualquier otro lugar menos escuchando sus comentarios poco interesantes, continuó: "Y más abajo del subsuelo está Lisboa. Qué ciudad apestosa, vieja".

Me mordí la lengua.

Y el señor continuó.

"Quise tomarme un taxi y le dije 'al barco', '¿qué es un barco?' me preguntaron"

La verdad es que intento ser mejor cada día en eso de morderme la lengua pero en esa ocasión, fracasé.

"Ah, así que usted habla portugués", le dije en tono casual.

"No", por supuesto que no. ¿y cómo espera que una persona que vive día tras día con su propio idioma aprenda el suyo o cualquier otro sólo para usted pueda calificar la ciudad mejor. "Luego traté en francés", insistió el hombre y consideré que ya era hora de irme.


lunes, 3 de marzo de 2014

Pistacho Photography




Hace dos años les entregaba las fotos de su casamiento a estas dos personas encantadoras, Cristian y Mónica. A él, al Toto, lo conozco desde siempre y tuve el placer de conocer a su novia con la noticia de que se casaban. No sólo fui una invitada al Gran día, sino que me concedieron el honor de guardar el recuerdo del día más importante en la vida de los dos.

Me gustaría compartir con ustedes mi nuevo emprendimiento, que ya no es sólo mío, sino que va con compañero: Pistacho Photography es nuestro estudio. Nos dedicamos a los retratos internacionales y a las Destination Weddings. ¿Por qué? Bueno, porque es la forma que encontré para estar en casa (en Uruguay) y en la casa de mi novio (Portugal) ¡más o menos a la misma vez!

Los invito a visitar nuestra página web: http://www.pistachophotography.com/
a seguirnos en twitter: @pistachophoto
o a ver nuestro trabajo en facebook: https://www.facebook.com/pistachophotography

¡Muchas, muchas gracias y esperemos que les guste!

Catalina (y Ricardo)

viernes, 24 de enero de 2014

Como el flautista

Como aquella historia del Flautista que se llevaba a todos los niños de Hamelin tras él con la música de su instrumento, este burbujista español conquistó a todos los niños que pasaron cerca de él con sus magníficas burbujas.

Era el final de un día cálido de otoño en Barcelona y nada podría haber vuelto el día más perfecto que esto.



sábado, 11 de enero de 2014

Canal del Panamá: al Este y al Oeste

La primera entrada del 2014 tenía que venir con toda la fuerza y ¿qué mejor que caminar entre los locks del canal del Panamá? Cruzar el lago Gatún, los locks del Colón, cruzar el país por tierra bordeando esas mismas aguas que llevan miles de barcos de una punta del mundo al otro. Es extraño y hasta divertido como para ir del Atlántico al Pacífico, de Colón a Miraflores, uno va de Oeste a Este, aunque el Atlántico quede al Este del Pacífico.


Diez mil personas trabajan en el Canal, pero es un número aún menor de seres autorizados a caminar por el canal. Tuve la gran fortuna de ser una de esas menos de 10 mil personas. Pude caminar justo al lado de las locomotoras, cruzar las compuertas mientras veía como el barco se nivelaba con el agua al otro lado de esa misma compuerta en la que yo estaba parada.





Crystal Serenity llegando a Pedro Miguel.


Gatún.

No dejé de admirar el proceso del canal en ningún momento del día. Ni el calor ni la humedad pudo conmigo, crucé Panamá siguiendo al barco para el que trabajo, observando cada vez como el nivel del agua subía y bajaba por gravedad para que este crucero inmenso pudiera atravesar de Atlántico a Pacífico.

Una experiencia tan increíble que, en lugar de dejarme sin palabras, me llenó de ellas.

domingo, 15 de diciembre de 2013

jueves, 5 de diciembre de 2013

Personas en el corazón: Luquitas

Una vez cada tanto uno tiene la suerte de conocer a una persona que se convertirá en un punto clave de la vida, en uno de esos amigos del alma. Yo he tenido suerte varias veces. He conocido personas de todo el mundo que me han sostenido, me han escuchado llorar, decir malas palabras, me han visto con grandes ojeras, con muchas cervezas y también con sonrisas, con buenas noticias, con disfraces. Afirmo que los he visto en las mismas circunstancias.

Cuento entre ese grupo de amigos a una gran persona de Indonesia y a uno de la India, que me enseñó a presentarme en hindi, aunque no es su idioma oficial. También tengo una gran amiga de Australia con la que tenemos doce horas de diferencia por lo que ella me dice buenos días y yo respondo buenas noches. A los mejores consejos de hermana mayor me los dio una fotógrafa (ex modelo) macedonia. Aunque la lista sigue, tengo que admitir que las personas con las que conecto mejor, con las que se crea una relación de alma, esas son las que, igual que yo, son latinas.

Podría pasarme hojas enteras escribiendo sobre cada una de estas personas que ha hecho mi vida especial, sin embargo, esta es una ocasión especial en la que les quiero contar sobre Luquitas.

A Lucas lo conocí gracias a que otro amigo argentino me dijo que a veces se juntaban en la sala de recreaciones a tomar mate, que si quería ir, que fuera. Así que lo hice y al llegar este muchacho con cara de dormido, campera de nailon y las manos en los bolsillos estaba sentado con el termo y el mate frente a sus ojos semi cerrados. Como por aquella época no tenía mucha vergüenza les dije sin rodeos: "Soy Catalina, vengo a tomar mate". Y luego, tan simple como eso, nos hicimos amigos.

Lucas es, sobre todas las cosas, una gran persona. Muy seguro de sí mismo, él arranca y dale que va, sin mucha vergüenza en la que refugiarse, supo hacerse mala fama. También es un gran cebador de mate y un mejor cocinero. Hace no tanto, además, tuvo su primera aparición en tv, en un programa de cocina y la única razón por la que no consiguió un contrato permanente es porque no me hizo caso: no salió al aire vistiendo sólo el delantal.

Además, también es un excelente fotógrafo, detalle por lo que le tengo un poco de envidia (¿quién puede cocinar tan bien y sacar fotos también?). Y, el día de hoy emprende un nuevo viaje, una nueva aventura. Personalmente, no puedo creer que voy a estar en un barco sin él, sin su novia y sin las empanadas que él cocina. Pero le deseo el mejor de los contratos, como siempre.

Un beso amigo, ya nos volveremos a ver.



Arriba: Thais, Ricardo, yo.
Abajo: Tami, Lucas.
Fiesta de despedida de los cinco el contrato pasado.

Olden, Noruega. Aires puros y mate.
De iz. a der: yo, Lucas, Lauri y Claudio

Esta foto en el Coliseo fue sacada por el amigo que nos presentó:
Claudio.


jueves, 28 de noviembre de 2013

Regreso al origen

Imaginación

A los 18 años tuve mi primera oportunidad de armar mis valijas e irme lejos y sola por primera vez. Por sola me refiero justamente a eso: dejé mi país, mis amigos, mi familia, mi idioma, mi cultura. Dejé hasta las clases de guitarra. Llegué a la nieve y al clima frío de Michigan, a un secundario de película donde cada cual tenía su auto, la vida social era la de los deportes, las porristas no eran como las mostraban en las historias y pude hacerme de nuevos amigos.

En aquellos meses de invierno, más de una vez la nieve nos encerró en casa y la sensación de mirar afuera era espantosa, acostumbrada al colorido invierno uruguayo, ver gris de norte a sur cada vez que asomaba la nariz a la ventana, eso era triste. De uno de esos días en casa es que sale mi historia. De pensar en qué se siente cuando alguien se separa de quien ama, de donde debe estar. ¿Qué sucede cuando se vuelve? Esa fue la pregunta que unió la trama.

Encontrar la respuesta a esa pregunta me ha llevado varios años, casi diez. Le he dado varios rodeos a la historia, la he llevado para atrás y para adelante, la he abandonado, odiado y luego ha retornado todo mi amor.

Preguntas correctas o respuestas incorrectas

Supongo que me llevó tanto tiempo porque en lugar de preguntarme ¿Qué sucede cuando se vuelve? Tendría que haberme preguntado ¿Por qué uno se va? Y para esa pregunta sí que no tengo respuesta, aún no, al menos, aunque me voy todo el tiempo.

Habrá tantas respuestas como personas, me gusta creer. Pero mi historia es la de dos personas en particulares, que se van y que deben volver.

Mi historia comenzó como un guión cinematográfico incluso antes de que supiera escribir un guión, por lo que tenía una estructura de teatro (que no sabía escribir pero sí leer por haber estado actuando los dos años anteriores), eran un montón de escenas con poca conexión donde contaba y explicaba todo lo que mis personajes hacían, al mejor estilo de:

MARISA
¿Qué vamos a hacer esta tarde?

BELÉN
¿Vamos a la playa?

MARISA
¡Sí, vamos!

Entonces, iban a la playa.

En aquellos primeros meses, cuando escribí la historia a mano y luego la pasé a la computadora, estaba tan enamorada de esos personajes como de lo que había dejado en Uruguay. Entonces, al entrar a facultad, mi primera intención era aprender a escribir guiones para corregir el formato (por cierto, elegí a la universidad a la que fui porque si bien quería hacer periodismo, era la única uni que me dejaba elegir otras materias... al final no hice tanto de periodismo como a mi madre le hubiera gustado).

Al entender el formato agarré la historia tal cual estaba y la pasé a Cournier New 12 y bla, bla, bla.


De mañas y manías

Había algo en esa trama que no me gustaba, que, en realidad, nunca me había gustado, era como una de esas mañas que tiene nuestro novio que tratamos de pasar por arriba pero no podemos.

Traté de cambiar esa maña de arriba para abajo y de un costado al otro, pero más allá de recibir pocos cariños por mi parte, recibí insultos por aquellos a quienes pedía ayuda. Supongo que es lo que pasa cuando una tiene una historia de drogadictos y pide ayuda a numerarios del opus dei. Pero por aquel momento le tenía demasiado respeto a esas personas, entonces me enfoqué en crear otras en lugar de reponer la que ya tenía.

Siempre se vuelve al origen, estoy segura. Al menos así es conmigo. Y cuando me di cuenta de que no estaba escribiendo, cuando quise retarme a dar el paso grande y escribir una novela, entonces no hubo otra opción más que volver al origen. Lo que incluye, solucionar esa maña.

Frente a la hoja en blanco: el miedo último

A esa decisión le siguieron siete meses de planear, re planear, eliminar escenas, enojarme y enamorarme de la maña. Luego llegó lo inevitable: sentarme a escribir. ¡Vaya si eso fue complicado! Nunca pensé que después de pasar toda la vida con ganas de escribir, cuando finalmente tenía una meta, eso fuera lo que más me costara. Tampoco pasé esos siete meses sentada frente a un escritorio ni en una oficina con vista al río, con la novela como único objetivo. Ojalá, pero no. Fueron seis meses de intenso trabajo, siete días a la semana, durante seis meses, ni un día libre, ni siquiera por enfermedad. Eran los ratos libres los que tenía para escribir, cuando me peleaba conmigo misma porque no decidía si quería dormir siesta o escribir. Hasta me anoté a un curso online para poder crear un hábito de escritura otra vez. Y funcionó, porque terminé de reescribir mi historia, y esta vez en formato novela, antes de que termine el curso. ¡Punto para mí! Incluso terminé la primera corrección antes que el curso.

Escribir es reescribir

Supongo, por un sentido perfeccionista que tengo y por una probable dislexia que también tengo, nunca voy a terminar de corregirla. Pero de momento tengo 250 páginas llenas de la historia de Marisa y Tomás, de sus encuentros y desencuentros. De los motivos por los que se fueron y las razones por las que volvieron. Me enamoro de mi historia cada vez que la leo, lo que también es un poco peligroso, supongo, pero si debo rescatar algo de mi profesor de guión en la universidad es que siempre me impulsaba a confiar en mi historia. Esta vez confío.

A la pregunta: editorial o auto publicación aún no la he podido responder. Tengo los ojos rojos tras leer y ver tutoriales en youtube que recomiendan una cosa o la otra. También tengo voces de personas "que saben" que dicen: "mandá a concursos". Cuando termine de corregir, me digo, e inmediatamente otra vez en mi cabeza dice: eso nunca va a pasar. Así que espero a que el momento correcto llegue; mientras, corrijo, releo, y vuelvo a conocer a esos personajes que se presentaron en mi cabeza por primera vez hace tantos años.

Esta foto es de 2008, cuando recibí mis primeras críticas
a mi forma de escribir y estructura: caótica.
A. Zumfelde solía ser un crítico duro, pero a veces, cuando veía
una luz de esperanza, escribía: "No se desanime el autor, 
creemos que si persiste logrará la victoria" y en aquellos años
debía repetírmelo a mí misma.


martes, 26 de noviembre de 2013

Cita




"Viajar es una escuela de humildad; nos lleva a tocar con la mano los límites de nuestra comprensión, la precariedad de los esquemas y los instrumentos con los que una persona o una cultura presumen comprender o juzgar a otra"
Claudio Magris. El infinito viajar.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Viajar sola

Ayer encontré un post que escribí hace poco más de dos años, de la primera vez que fui a Bélgica (y se encuentra aquí). Al leerlo me acordé del momento como si hubiera ocurrido ayer. Estaba sentada en un bus con esta niña brasilera que había llegado a un lugar al que nunca había imaginado y estaba aprendiendo a hablar un idioma que consideraba obsoleto; trataba de cambiar todos sus planes futuros para que ese año de vida no fuera inútil ni quedara olvidado y luchaba contra sus costumbres al vivir con una familia que la consideraba inferior. "¿Vos comés sánguches de jamón y queso?", me preguntó con en entrecejo fruncido. Noté que al escuchar mi respuesta los músculos de su rostro se tranquilizaron: por supuesto que sí, le dije. "Porque no entienden que quiera poner jamón y queso, ellos sólo ponen uno de los dos". Traté de explicarle que era la magia de irse de intercambio. En el mío pasé tres meses viviendo en una casa con siete gatos, dos peces, un perro y un caballo (al menos el caballo no entraba a la casa), un zoológico con pelos de animal por todas partes.

Mujeres que viajan solas

En ese bus me preguntó por qué viajaba sola. Bueno, le dije, siempre quise viajar y en ese momento tenía el tiempo y el dinero mientras que mis amigos seguían en trabajo, universidad o no tenían interés en viajar como yo. No voy a dejar de viajar porque lo tenga que hacer sola, no voy a dejar de realizar un sueño porque nadie me apoye, esa era la base de mi pensamiento cuando compré mis pasajes a Amsterdam y luego todos los demás.

En Amberes, Bélgica
La verdad es que prefiero estar sola antes que mal acompañada. Y a lo largo de mi vida he sabido encontrarme muy mal acompañada como para estar segura que apoyo mi propia moción.

De autos vs. hermosos atardeceres


Suelo ir a ritmos diferentes, tampoco soy muy paciente y además, soy bastante brusca para juzgar a las personas o tengo química o no, situación que sucede en el primer encuentro. Más importante aún, me gusta estar sola. Me gustan cosas que se hacen en soledad (leer, escribir, mirar por la ventana de los trenes) y me gusta hacer esas cosas en abundancia. Cuando le dije a mi medio hermano que ver el atardecer en Andalucía por la ventana del tren fue uno de los mejores paisajes de mi euroviaje y que le recomendaba hacer un viaje así en tren, él se rió y mirando a la persona del costado dijo que seguro que renunciaba a la comodidad del auto por un atardecer. Pocas veces en la vida estuve más convencida de que había tomado la decisión correcta de viajar sola.

En Holanda. Los suecos-pantuflas y los molinos es lo que más
me gusta de este país tan moderno.
Londres: mind the (giant) gap (between me and the city of London)

A Londres llegué con 50 libras en el bolsillo. Costó llegar porque perdimos el vuelo y tuvimos que pagar por un barco (razón por la cual me quedé sin capital), y aunque mi compañero de viaje y yo teníamos toda la intención de caminar, conversar y vivir Londres, terminamos en el bar del edificio más alto de la city tomando vino blanco. Las cosas no siempre salen como uno planea. También recuerdo que nunca me sentí más fuera de lugar como en ese bar.


Tristeza

La niña brasilera me dijo que viajar sola le parece triste. Media hora después me contó que estaba planeando un euroviaje. Me pregunto qué habrá sido de ese euroviaje si sus nuevas amistades belgas no querían/podían ir con ella. ¿Habrá salido sola o habrá renunciado a ese sueño para no quedarse sola?

Considero que tristeza es aferrarse a personas que no nos hacen felices. Es renunciar a un sueño con tal de seguir en la burbuja que conocemos. Creo que sería muy triste haberme quedado en Uruguay con tiempo y dinero por el simple motivo de no tener con quién viajar.

Conocí a personas increíbles de todas partes del mundo, como aquella argentina con la que caminé por todo Roma, o la española, de Málaga, que llamaba "Cariño" a todo el mundo. También conocí a una francesa (en Bratislava) que consideraba que los hombres uruguayos eran los más hermosos del mundo, y así la lista sigue.



Conclusión

Viajar sola no sólo me acercó a mí misma, sino que me obligó a conectarme con mis ideas y sentimientos. No tenía escape, debía estar conmigo y cada vez que me peleaba, debía amigarme. Nunca me voy a arrepentir de salir sola, de alejarme de mi zona de confort, de conocer nuevas personas, de adentrarme en otras culturas. No. Y espero, de todo corazón, que esa niña brasilera haya aprendido a quererse más allá de toda cuestión y que haya realizado los viajes que soñaba, sola o acompañada. 





martes, 19 de noviembre de 2013

¿Qué hay al final del mundo?

NordKapp, Noruega.
He tenido el gusto de llegar al fin del mundo en dos ocasiones diferentes. La primera vez fue en Cabo Norte, en Noruega: el punto norte máximo de Europa. Llegué con dos amigos, Claudio y Laura, sin saber realmente qué esperar del fin del mundo, después de todo, sabemos desde que estamos en la escuela que el mundo es redondo (esa era la teoría de Colón, ¿verdad?).

No sé qué esperaba ver, pero no fue lo que vi. Mucho menos lo que sentí. Al llegar al límite del mundo, al borde del barranco donde se termina la tierra y comienza el océano Ártico, me sentí pequeña. Entendí, mejor que nunca, la expresión un grano de arena en el desierto, es que justamente de esa forma me sentía: insignificante.

Cabo Norte se siente como el fin del mundo. Como que ya no hay nada más después de la tierra, como si los monstruos marinos existieran y estuvieran al acecho.

Al llegar al fin del mundo por el norte, uno encuentra un marcador con los colores del arcoíris que indica latitud y longitud, una escultura del mundo, una de una madre con un pequeño hijo, y ocho medallones con creaciones que ocho niños de diferentes partes del mundo hicieron en un experimento de comunicación más allá del idioma. También hay una tienda de regalos donde uno encuentra varios trolles y la sensación completa y absoluta de que llegamos al final.

En Cabo de Roca, en cambio, mis sensaciones fueron completamente diferentes. En lugar de presenciar el fin, me vi cerca del inicio, comprendí por qué Colón estaba tan seguro de que la tierra era redonda, después de todo, es como se ve el horizonte desde esa altura del planeta: curvo.

Por supuesto que no puedo ser neutral en este asunto ya que gracias a que personas vieron esperanza y nuevas oportunidades de ese Cabo es que hoy los uruguayos somos lo que somos, en realidad, todas las personas que habitan los continentes Americanos son lo que son.

Cabo da Roca. Portugal. No es de extrañar que al final de su
 continente los europeos consideren que se termina el mundo.
Al final del mundo por el oeste, entonces, hay una placa que nos ubica justo donde estamos: al final del mundo, un faro, una cruz y un gran barranco. Todo eso, iluminado por el atardecer de otoño presentaba el más completo y romántico panorama que he visto.

En la inmensidad del océano que se presentaba frente a mí vi, a la distancia, pequeñas luces de barcos que se acercaban o alejaban de la costa y sentí esa emoción que sólo me representan los barcos, la emoción de que se acercan aventuras.





Ricardo mirando hacia el continente.


Cabo da Roca con una iluminación un tanto apocalíptica. Pero hermosa.



Con uno de mis amigos nórdicos en Cabo Norte.



El pequeño punto negro con los brazos estirados soy yo:
una pequeña nada en la inmensidad de nuestro planeta.