sábado, 21 de mayo de 2011

Balalaika, vodka y fútbol

Vladivostok.

Cerca del apartamento donde vivo hay una fuente llena de candados. Representan el juramento de amor eterno de todas las parejas valientes que se atreven a sellas su amor en esa fuente.

En Vladivostok encontré llaveros cerrados alrededor de un monumento. Luego de jurar amor hasta que la muerte los separe (o los abogados hagan su trabajo) ante el gobierno, las parejas llevan sus candados a este monumento (que, por cierto, es en honor de dos hombres de ciencia) y sellan su amor.

Hace un par de años cree un personaje. Era un hombre desconforme con su ambiente, que no le gustaba como las personas a su alrededor lo veían. Él se consideraba superior a las habladurías, aunque para esas otras personas él fuera el mejor de todo el pueblo. Nicolás (así se llamaba), entonces, metió sus cosas en un bolso y se fue a descubrir el mundo, a buscarse. Vivió aquí y allá, trabajo en lugares poco comunes, en otros muy comunes. Hasta que llegó a Rusia, al extremo este. Allí, sentado mirando al agua, supo que no podía llegar más lejos. Que tampoco importaba qué tan lejos de su casa llegara, siempre iba a estar con él. En el extremo este de Rusia decidió que era tiempo de volver a casa.

Jamás pensé llegar al extremo este de Rusia. A donde nace la vía del transiberiano. Siempre pensé que me gustaría ir a Moscú, pero Rusia es tan grande que nunca me visualicé en el lugar por el que estuve caminando. No sabía qué esperar, sin embargo, la expectativa era gigante. Frío terrible y niebla. Tampoco es que tenga ropa abrigada, mi campera de nylon es de lluvia y de verano. No me importó. Estaba en Rusia. No me permití quejarme mientras estuviera en suelo ruso.

La primera persona rusa con la que hablé se llamaba Anastasia; lo tomé como una buena señal. Luego también conocí a una Ania, una Olga y un Ivan. Esos nombres que suenan terriblemente rusos. Le pregunté a Ania cómo sería mi nombre en Ruso; “Catalina” no le sonaba a nada, pero cuando le dije (en inglés) que me llamaba como Catalina la Grande, tiró la cabeza hacia atrás, sonrió y dijo “Katia es el apodo”. Así que cuando llegaron dos hombres rusos jóvenes y con ganas de practicar inglés, Ania me presentó como Katia.

En inglés no sabían demasiado: hola, cómo andas y tomar vodka. Fue todo lo que dijeron. Luego Ania tradujo. Me preguntaron de donde era: de Uruguay. ¡Ah, fútbol! “Ania, Katia, vodka, balalaica e fútbol”. Ania me dijo luego que algunos hombres rusos eran bien y que otros (los señaló) eran raros.

Bangkok

Calles finas, tránsito pesado, comida callejera y comedores sin paredes. La foto de los reyes cada pocas cuadras y los comercios con pequeños templos a la entrada.
Mucho calor.
Después de caminar sin rumbo un par de cuadras, de resignarme a la idea de que no sé leer un mapa (es que sí sé), paré un tuctuc cuyo conductor, por supuesto, no hablaba inglés. Así que le mostré el dibujo en el mapa a donde quería llegar: el edificio de la Asamblea Nacional. Sí supo decirme en inglés cuánto me cobrara por llegar. Una vez negociado el precio subí y me dejé llevar por una corriente que va a contramano (manejan por la izquierda), en un tránsito que no siempre respeta los semáforos.
La asamblea nacional y la estatua del rey Rama V estaban llenas de vendedores callejeros. Ferias con peluches coloridos, ositos amorosos, de graduación, flores. Y este otro conductor que daba vueltas a mi alrededor ofreciendome diferentes destinos a bajo precio. No tenía nada mejor que hacer, así que acepté su recorrido: primero un templo budista llamado Wat Benchamabophit, luego, el Buda Dorado, tercero el mercado de joyas y por último, la montaña dorada. Perfecto.
Cuando llegamos al primer destino me descansé completamente en Dong (el conductor). Me dijo que me esperaba en la puerta del templo, que yo entrara. Movía las manos más que la boca, como su inglés no es bueno y yo no hablo tailandés, entonces las manos eran, muchas veces, la única comunicación clara.
No soy budista. Es una filosofía de vida que me interesa, con la que podría sentirme muy cercana si estudiara un poco más sobre sus fundamentos y aspiraciones, pero de momento me considero más cristiana (aunque tampoco sigo ninguna religión al pie de la letra). Sin embargo, entrar a los templos llena de una energía especial que transforma a la persona en la religión que haya dedicado el culto. Al menos es lo que me pasa a mí: entro a una catedral cristiana y me enamoro de cada recoveco en la arquitectura, pues con este templo budista fue más o menos similar. No podía entender por qué me negaba tanto a convertirme en budista después de ver todas esas construcciones. Y ni hablemos de los cultos. Un casamiento judío, entiendo completamente la tradición, me gustan sus costumbres; una misa católica y cada palabra que sale de la boca del cura me llega al alma, me dan ganas de volver. Fue la primera vez que estuve en un culto budista. Me encontré sentada en una silla, agarrada con fuerza del asiento y mirando sin parpadear a los monjes que cantaban con ritmo y sintonía algo que no tengo idea de qué es.
¿Cómo llegué a esa situación? Mi intención era sacar algunas fotos de un templo budista. Otras veces había sacado fotos de Budas, pero templo era el primero. Al reparo de la sombra había monjes almorzando, también personas dedicando sus rezos a diferentes estatuas. Pero yo caminaba derecho, hacia los monjes sentados como indios, todos en fila. Un hombre pasaba un hijo blanco entre los monjes. Frente a ellos había alguna personas sentadas, que cuando me vieron comenzaron a llamarme a viva voz. Como si sus palabras (en inglés, por cierto), no fueran suficiente, las mujeres también usaban las manos.
Sonrisa enorme y zapatos en la entrada. No me pude resistir. No se me ocurrió ningún motivo para decir que no. Así que terminé en primera fila de un rito budista que la familia dedicaba a la abuela recién fallecida. Para mí todo sonaba a armonía. Sin embargo, me sentía totalmente ajena al rito, me sentía como una intrusa. La familia me hacía preguntas: de dónde era, cuántos años tenía, cómo me llamaba. Suerte que no me preguntaron si era budista, o creo que habría mentido… “sí, desde hace años”. No me quería ir. La familia no quería que me fuera: me invitaron a almorzar. Pero la comida tailandesa tiene tendencia a ser picante y mi paladar no soporta el sabor del curri (ni de ningún otro picante). Además, Dong estaba afuera, esperándome, al sol. Les agradecí, contuve las ganas de abrazarlos y me fui.
Segundo destino. Fábrica de joyas. Una gran táctica de negocio: primero te dan la bienvenida con una gaseosa. Luego, te llevan a la fábrica, donde cada hombre está sentado en un espacio particular, con su luz y sus instrumentos. Algunos tallan joyas, otros funden el oro o la plata, otros dan la forma y también están los que colocan las piedras en el anillo, caravana o sea lo que sea lo que armen. Es una obra de arte en serie. Por último, entramos a la tienda. Desde el primer momento dos mujeres se pelearon por mi atención. Les dije que no tenía dinero, que no perdieran el tiempo, además, les mostré mis manos sin joyas, pero una de ellas dijo que no pasaba nada, que también tenían caravanas (si, mis caravanas enormes suenan cada vez que me muevo), así que la otra mujer se fue.
Tercer destino: Buda dorado. Parece que no me voy a aburrir de ver Budas. Tal vez es porque suena tan lejano a mí. Suena exótico. Sí conozco personas que son budistas, que a determinadas horas cantan en palabras extrañas cosas maravillosas. Dong me esperó afuera del templo mientras yo caminaba hacia atrás y más atrás para poder conseguir una foto completa del Buda de oro que es totalmente gigante.
Último destino: la Montaña dorada. Hacía demasiado calor para tantos escalones. Me imponía palabras consoladoras y de aliento cada vez que levantaba un pie para subir otro peldaño. Que probablemente no volvería a Bangkok, que no podía irme sin ver la montaña dorada (aunque no sabía qué iba a encontrar allí), que no quería arrepentirme luego de no haber llegado sólo por pereza. Terminé mi botella de agua en el camino hacia arriba. Era otro templo. Supongo que valió la pena. A veces.

lunes, 2 de mayo de 2011

Historias de a bordo


Rifki es musulmán. Tiene una esposa y una beba que a cuál de las dos más hermosa. Su mujer le permitió casarse por segunda vez bajo tres condiciones:

1. Que fuera fiel a todas sus esposas.

2. Que tratara a todos los hijos con igualdad.

3. Sobre su cadáver.

Pero Rifki no necesita otra esposa. También piensa en una bendición a Alá antes de comenzar cada actividad y sabe escribir de derecha a izquierda en unos garabatos que me hacen sentir analfabeta.

Al terminar la cena la única cuchara limpia en la mesa es la mía. En cambio, los filipinos y el indonesio tienen todos los cuchillos sin tocar. “¿Te parece raro que corte con la cuchara?”, me preguntó Rifki. Sí. Jamás se me ocurrió cortar carne con una cuchara, incluso al postre lo como con tenedor. El primer impulso fue de vergüenza: al mirar a mi alrededor todos estaban cortando con la cuchara. Pero junté coraje, me reí y pregunté por qué cortaban con el instrumento que no estaba hecho para cortar. Carlito me contó, entonces, que en sus países, el cuchillo era un privilegio, era algo muy costoso. Dejé mi cuchillo a un lado (sorprendida, por cierto, porque en Uruguay con dos dólares comprás un juego de cubiertos completo, sí, barato y berreta, pero tiene cuchillos), agarré mi cuchara y comencé a practicar con un melón, después de todo ¿qué puede ser más fácil de cortar que un melón? Fracasé en el primer, segundo y tercer intento. La cuchara se subía y no podía despegar el centro de la cáscara. A todo esto, los asiáticos se reían de mí.

También fue Rifki quien me preguntó si usaba medias todo el día. “Sí, ¿vos no?”. No, definitivamente. Se las pone para trabajar y se las quita al terminar el turno. “Qué raro que uses medias”, me dijo.

Me mostró las fotos de su casamiento. Le pregunté si el traje de su esposa era un disfraz o si era con lo que se casaban de verdad. Me dijo que era de verdad. Lleno de dorados, blancos y rojos, perlas, piedras. Un traje de película, con casco decorado en oro y telas cayendo hasta el suelo en diferentes texturas y largos. Ella estaba hermosa. No sé si esperaba encontrar el vestido blanco o qué, después de todo, esa es la idea de casamiento que tengo. Entonces, con mi estúpida mente occidental, le pregunté cómo le había propuesto casamiento. Respondió que ellos no lo proponen, sino que lo discuten. “Vos tenés que esperar a que el hombres se declare, nosotros conversamos, decidimos que nos queríamos casar y le dijimos la fecha a la familia”. No sé si yo soy de las que esperan a que el hombre se declare o la que se declara, no lo he pensado, tal vez hasta sea de las que conversa, discute, decide fecha y se lo dice a la familia.

Pero de la misma forma en que Rifki y yo tenemos bases diferentes que se nota en las pequeñas cosas (como usar cuchara o cuchillo), los dos somos seres humanos y las similitudes van más allá de tener dos brazos y dos piernas. Cuando hablamos de la familia el cariño y calor son el mismo, cuando discutimos sobre lo vano que suena gastar la mitad del sueldo en el bar, los dos estamos totalmente de acuerdo. Y también, aunque nos gusta salir y recorrer lugares diferentes cada dos días, los dos contamos los días para salir de licencia.

miércoles, 6 de abril de 2011

Phu My

Phu My
Vietnam.
Para mí, Vietnam se reducía a dos cosas: la cochinchina (a la que me mandaron varias veces) y Apocalisis now (y sus más de 60 placas de sonido).
Caminar por Vietnam con un filipino.
Los temas de conversación nunca se vuelven aburridos, menos después de descubrir que los dos estudiamos las mismas cosas: guión, fotografía, cine.
Me recomendaron un par de excursiones, pero al quedar de salir con Carlito quedé que lo seguiría a dónde él quisiera ir. Así que pasamos media mañana buscando huevos de pato; entrabamos en todos los locales de comida, preguntábamos a los vendedores de comida callejeros y también en alguna que otra tienda a la que entrábamos. Nos comunicábamos por señas y onomatopeyas porque parecía que nadie hablaba inglés. Decíamos “cuack” para pato y hacíamos círculos con los dedos mientras decíamos “eggs”, para pagar mostrábamos el dinero, siempre regateando (estoy tratando de aprender a hacerlo, pero no me está yendo muy bien, lo que sí tengo es un excelente profesor). Probé fruta que jamás había visto en mi vida. A la hora del almuerzo queríamos algo local, pero no conocer el idioma nos llevó a un comedor donde nos sirvieron carne, papas fritas y huevo hervido. Aunque de bienvenida nos sirvieron té helado local.
Pues, aún faltaban tres horas para volver, aún no habíamos encontrado los huevos de pato y los moto taxistas ya nos tenían cansados. La situación funcionaba de la siguiente manera: un moto taxista nos perseguía a los dos sin parar de decir “one dolah”, Carlito le decía, también sin parar, “no gracias”, pero se iban cuando la que cortaba el diálogo era yo. Entonces, paramos en una esquina y decidimos subirnos a las motos. El taxista se bajó de su moto y le gritó (a pulmón abierto) a otro moto taxista algo que no entendimos, pero ese otro taxista llegó en menos de un minuto. Carlito a una moto, yo a la otra.
No teníamos idea a dónde nos estaban llevando. Pero íbamos. En scooter por Vietnam. Con un vietnamita que no hablaba inglés. Después de pasar un peaje comenzaron a aparecer lo que pensé que serían plantaciones de arroz. Traté de preguntarle al conductor, “si, arroz, sí, sí, sí…”, respondió. Así que así era una plantación vietnamita. Después de tantas películas, allí estaban: frente a mis ojos. En vivo y en directo.
Dos bocinazos hicieron que mi conductor frenara y pegara la vuelta (y no hay mejor palabra que “pegara”, porque giró la moto como venía, sin importarle el tránsito que venía por atrás ni el de la senda del frente). Carlito y su moto-taxista se habían detenido frente a una pequeña tiendita, que cuando llegué vi, tenía huevos.
Para mí eran huevos comunes y corrientes, de gallina, que son los que estoy acostumbrada a ver. El moto-taxista de Carlito, que hablaba un poco de inglés, le tradujo a la señora de la tiendita que queríamos llevar 9 huevos y comer uno allí. Nos sentamos en sillas infantiles alrededor de una mesa no mucho más grande. Mi moto-taxista nos consiguió cerveza Tiger (que también la buscamos por todo el centro de Phu My) y ellos dos tomaron Coca Cola.
Sentada en una tiendita de Vietnam con un filipino y dos vietnamitas. Tratando de llamar a un niño vietnamita al que la mamá le cortaba las uñas en la tienda de al lado.
El huevo de pato resultó tener una vista espantosa. Suerte que no dejé juzgar a mis ojos.
Carlito le rompió la punta para poder tomar el líquido que había adentro. Puso un poco en una cuchara para que yo probara. Después de pasar medio día buscando eso, preguntarme si quería tomar ese líquido era como preguntar si el agua moja. El problema visual llegó cuando abrió la cáscara y puso el feto (sí: feto, había un patito en formación) en el plato. Al ver eso ya no estuve tan segura de que el agua mojara. Tenía que probarlo, era como una obligación auto-impuesta. Carlito cortó un trocito de yema para que probara un huevo dulzón y suave que se abrió en mi boca.
Prueba de que las primeras impresiones no siempre son las correctas.
No me molestó que él se comiera el pato. Para nada.
Entonces tuve que ir al baño.
Phu My no está llena de templos ni de imágenes coloridas. No fueron necesarias. Dos moto taxistas

Koh Samui, primera parte

Tailandia.
En mis más locos sueños tal vez se me ocurrió llegar a Tailandia.
No. No a Tailandia.
Y sin embargo, acá estoy.
Carlito y Angelito (que suena “anyelito”) comenzaron a caminar y no me dejaron más remedio que seguirlos. Tampoco puse objeciones. Querían que comiera comida tailandesa. Nunca probé. Ni siquiera comida china más que algún chop suei descongelado y calentado al microondas, por lo que no creo que cuente como experiencia de comida oriental. Cuando Carlito me preguntó qué quería comer le dije que confiaba en su decisión. El menú eran fotos de las comidas, tenía el nombre en dos alfabetos, igual que el resto de los carteles, incluso la botella de agua: de un lado leía “Cristal”, del otro sólo símbolos que no pude reconocer. Carlito pidió, regateó precio y se sentó en la mesa con nosotros.
Estaba sentada en una mesa, en un comedor de Tailandia, frente al puerto. Veía los autos pasar en dirección contraria y a mi lado había dos hombres que cada tanto se excusaban y comenzaban a hablar en filipino. Carlito y Angelito son filipinos. Tienen más rasgos latinos que asiáticos, porque las filipinas fueron colonia española durante más de trescientos años; “llegaron los españoles y violaron a todas las mujeres. Después llegaron los japoneses y violaron a todas las mujeres. Y así una y otra vez”, me contó Angelito. Es imposible adivinar las edades. Los dos parecen mucho más jóvenes de lo que son en realidad.
Pues, volviendo a Koh Samui, una isla de Tailandia, allí estaba sentada yo, aprendiendo a decir gracias en tailandés porque la señora que nos servía no hablaba otra cosa. El muchacho que nos atendió cuando entramos sí sabía algunas cosas, aunque se confundía algunos precios (en lugar de cincuenta decía sesenta, por ejemplo). De a poco la mesa se llenó de comida que nunca había visto antes. Sí conozco los tallarines y también los calamares, pero la combinación de verduras, pasta, comida del mar y vaya uno a saber qué más (prefiero no saber), jamás.
Los dos estaban muy pendientes de si me gustaba o no. Pero todo me gustaba. Le pidieron especialmente que mi primer plato (que se llama Papaia, aunque dudo que se escriba así) no estuviera muy picante. Tenía tallarines revueltos con huevo, calamares, algunas verduras y a un costado del plato había maní picado y azúcar (para que no quede tan picante, me explicaron). Después llegó una sopa de pollo, verduras y jugo de coco, que se podía comer con aceite de algún tipo de pescado que era demasiado fuerte. Por último, una sopa de pollo (la mía tenía hasta huesitos de pollo). Angelito y Carlito siguieron comiendo, más pescado con vegetales (uno de los platos tenía ananá). Mi atención cambió de lugar: de la comida a la araña que tejía su telaraña sobre la mochila con mi cámara de fotos. “Es una encantadora. Trae suerte”, me dijeron. No me animaba a romper una superstición filipina, pero tampoco le tenía confianza a esa araña que estaba tan cerca. Así que las arañas traen suerte.
En las pocas horas que pasamos en el puerto y alrededores del puerto de Koh Samui llovió más de tres veces, esas tres fueron verdaderos chaparrones. La entrada del comedor (que, por cierto, no tiene paredes, sino plantas, al menos a la entrada) se llenó de agua y nos obligó a correr la mesa de lugar. No cambiarnos de lugar, sino levantar la mesa y correrla. Después el diluvio se detenía, salía el sol y el calor hacía que el agua se pegar a la piel.

PATTAYA


Tailandia.
Sobre el tránsito
Las calles de Pattaya no son para almas débiles: se necesita una estructura segura para manejar en sentido contrario, sin señalero ni carteles. Por suerte yo tenía a Patricio. Alquilamos una scooter y recorrimos toda la ciudad.
Patricio es la definición de Latin lover. Es chileno. Se baja del ómnibus y extiende la mano para ayudar a las mujeres que estaban detrás de él. Antes de llegar a Pattaya me pregunta si quiero alquilar una moto o dos. Suerte que elegí sólo una, no me da vergüenza admitir que me daría miedo manejar allí. Y lo dice una persona que se crió y maneja en América latina. El tránsito de Pattaya es loco. Se escuchan bocinas a diestro y siniestro, nadie tiene la intención de saludar, sino de avisar, pero avisar qué, quién sabe. Los taxis son comunitarios: camionetas con dos asientos a los lados en la caja, donde se sientan muchas personas. Cada vez que alcanzan un destino, tocan bocina. Se detienen y vuelven a arrancar como si no hubiera nadie más en la calle. También hay motos taxi y taxis auto, como los que estoy acostumbrada a ver, nada más que estos son de un rosa fuerte e intenso que llama la atención en cualquier parte de la calle.
Patricio está acostumbrado a manejar scooters. Se fue de Chile con veinti-pocos años, vivió en Inglaterra, Amanzonas, varios países de sud-América y luego ha recorrido gran parte del mundo como fotógrafo. El toca la bocina, se mete entre los autos haciendo zigzag, acelera y frena como si conociera esas calles desde siempre. Yo, que voy atrás con un casco rosado, me agarro de la parrilla como si no quedara nada más en la tierra. Hasta que entro en confianza, al menos.
Sobre los mercados
Patricio me pregunta si quiero ir al shopping mall o si prefiero ir al mercado de mariscos. Pensé que el shopping mall sería como los que ya conozco, así que elegí los pescados. Luego comprobé que el mall no era como los que conocía: es una feria con aire acondicionado. Parece que los mercados modernos no conocen las paredes.
Las mejores falsificaciones. Carteras D&G, zapatos Gucci, billeteras con Louis Vuitton. La ropa es muy barata, de la calidad no hablo. En los mercados callejeros (a los que estoy acostumbrada a llamarle feria, en España se los denomina rastros) hay toda la ropa que alguien pueda llegar a buscar, desde kimonos hasta sungas. La ropa está o colgada en placas de maderas o (en su mayoría) estiradas sobre una mesa. Al pasar por una de las mesas que vende shorts, veo a dos mujeres que se ponen una pollera larga y ancha; luego, bajo de la pollera, las dos se quitan los pantalones para poder probarse el short. Conversan y ríen entre ellas mientras las personas caminan a su alrededor sin perturbarse. ¿Es que no tienen probadores?
Sobre la comida
Después de ver y escuchar tantas publicidades sobre jabones que matan todas las bacterias, ver a un perro comiendo al lado de un puesto de ventas de vaya-uno-a-saber-qué-tipo-de-pescado, me abrió el apetito. También está lleno de gatos que caminan libres por todas partes. Hay una niña muy bonita que juega con un gatito a los pies de la madre, que le da de comer brolle de pollo. ¿Por qué nos haremos tanto problema por las bacterias en occidente cuando los asiáticos no tienen drama y siguen reproduciéndose y creciendo?
Lo mismo pasó con la señora que preparaba panqueques. Las opciones eran variadas: banana, choclo, papa… la mujer tenía un pequeño carrito abierto con bolsas colgando a ambos lados; en una de las bolsas tenía la basura, en la otra, las papas. A las bananas y a los choclos los vi sobre el carro, donde en un espacio preparaba la masa y en el otro la freía. Pues, a la señora se le cayó el cuchillo al piso (Estamos hablando de un lugar que no tiene vereda, que autos y personas caminan por la calle y que, como dije, hay gatos por todas partes), lo levantó, le pasó un trapito y siguió cortando las bananas.
Nadie me avisó que las bolitas de pollo eran picantes. De cuatro bolitas que tenía mi palito pude comer dos y tuve que comprar una botella de agua para acompañar: un pequeño bocado, un gran trago de agua. Terminé el agua antes que el pollo, que se lo terminó comiendo Patricio. Media hora después aún me ardía la boca. También comí cerdo, también clavado en un palo, y esta vez acompañado con el jugo de una fruta que no tenemos idea de cómo se llama pero que tenía un gusto lechoso.
Hay carritos en las esquinas que venden fruta. Bolsas con trozos de sandía, ananá, papaya, manzana, también botellitas heladas de jugo de tanjarina (la tanjarina más dulce que probé jamás. Exquisita).
Sobre lo eterno y lo mundano
“Massage, happy ending”. Cuando llegábamos a Pattaya, Patricio me dijo que era muy común ver a una joven tailandesa con un viejo europeo. Las calles están llenas de boliches que funcionan durante todo el día. Al parecer el verdadero descontrol es durante la noche, pero muchos viejos europeos no pudieron aguantar. Entendí porqué la canción dice que una noche en Bangkok hace a un hombre fuerte humilde*, si un día en la prórroga de Bangkok les da tanto trabajo a estas muchachas. Le pregunté a Patricio si lo hacían porque no conseguían otro trabajo, me respondió como quién hace una pregunta muy estúpida: nooo, hacen buena plata.
Paramos en uno de los tantos boliches a tomar una cerveza (Shinga, Lager). Las mujeres revoloteaban alrededor nuestro, va, alrededor de Patricio, a mí me miraban y me sonreían, era como si no existiera, en realidad. Masaje con final feliz. A la vuelta de la esquina estábamos en un templo budista. “Eso es lo que me gusta de este lugar”, me dijo Patricio, “que todo se mezcla”.
También fuimos a ver el Gran Buda. Sobre un cerro hay una estatua gigante (de ahí el nombre) de oro macizo. De no haber alquilado la moto no habríamos podido llegar. Antes de subir los escalones hacia el gran buda hay un pequeño templo. Era mi primera experiencia con algo que sólo había visto en las películas. Lo más cerca que había llegado a relacionarme con el budismo fue mientras miraba Siete años en el Tibet. Así que me quité los zapatos y pagué para poder hablar con el monje. El muchacho no hablaba más que algunas palabras en inglés: suerte, amor, suerte, suerte, suerte, que fue lo que me dijo mientras me mojaba la cabeza con una vara. También me puso una cuerda en la muñeca izquierda. No supe qué era hasta que volví al trabajo y le pregunté a mi compañera tailandesa qué significaba. Me dijo que era para protegerme.
Como los templos son tan lindos el del Gran Buda no fue al único que entramos. También fuimos a uno chino que queda cerca del Gran Buda, donde me encantó la estatua de una diosa mujer a la que sus fieles le rezan en tiempos difíciles (¿A qué dios no se le reza en tiempos difíciles?), según decía el cartel delante de su estatua.
Y también entramos a otro templo budista en el centro de la ciudad, rodeado de boliches con mujeres ofreciendo masajes con final feliz. De las puertas del templo hacia adentro, lo sagrado; luego está lo mundano, los masajes, la calle sucia y los gatos que caminan sobre la comida. Eso es Pattaya: un equilibrio entre lo divino y lo mundano.
(“One night in Bangkok makes a hard man humble”)

Un tigre de Asia

Singapur, primera parte.

La primera impresión fue: qué cantidad de verde. Y lo primero que le comenté a uno de los taxistas fue que la ciudad estaba muy limpia. Él se dio vuelta con su cara resplandeciente de alegría y me dio las gracias. Lo tomó como un cumplido. Fue un cumplido, pero no dije “qué lugar tan lindo” sino “qué ciudad tan limpia”. Después me enteré de que era el mejor de los cumplidos porque hay multas para quienes ensucian: por tirar papeles, por dejar los desechos de los animales, pero lo más caro es por escupir.

Así que Singapur es una ciudad estado muy limpia, llena de verde, con flores que surgen de todas partes, hasta de los puentes peatonales que cruzan las calles. La cárcel está en medio de un parque.

Los singapurenses tienen varias lenguas oficiales (inglés, chino mandarín, indi y malayo), por lo que todos sus ciudadanos hablan al menos dos idiomas. El segundo taxista hablaba mucho más, todo con un fuerte acento chino. Me preguntó si había tenido un vuelo agradable desde Estados Unidos y le dije que era de sud-América, de Uruguay. “Ah, la copa del mundo”, me dijo. Resultó ser un gran admirador del fútbol, pero estaba más interesado en el inglés que en el uruguayo (no me pregunto por qué). El metre del restaurante del hotel, en cambio, me mostró una amplia sonrisa y me dijo “Diego Forlán”. Era un hombre indio al que me costaba captarle el acento. Diego Forlán como embajador de Uruguay.

Tenía un par de horas antes de que anocheciera y estaba en la otra punta del mundo. El Jet Lag me estaba matando pero no podía acostarme a dormir. Así que le pregunté al maletero, un muchacho muy simpático con un inglés terrible (pero tengo fe que va a mejorar), qué me recomendaba qué hiciera. “La costa está a cinco minutos caminando”, entendí después del tercer intento. Y por señas más que por palabras me dijo que doblara allí y siguiera por aquí.

La costa no estaba a cinco minutos sino a dos cuadras. Esperaba encontrar aguas cristalinas y alguna que otra imagen de foto de publicidad turística. Nada de eso. Era el brazo de un río que cruzaba la ciudad (tiene varios brazos que cruzan la ciudad ya que es una ciudad que ha robado tierra al mar), con botes de alquiler y un puente que llevaba a una pequeña isla (que, para variar, también era un parque). Al cruzar ese puente tuve una pequeña experiencia de ser observada; fue nada comparado con Elizabeth Gilbert en china, donde un niño se puso a llorar al verla. A mí nada más me quedó mirando una familia entera. Se detuvieron en mitad del puente y me miraron pasar. Todos. Y como iban todos juntos, no creo que por ser asiáticos caminen de la abuela a los nietos todos juntos, así que supongo yo que serían turistas también. Hice lo que pude: bajé la cabeza y seguí caminando. Y yo que quería sentirme un bicho raro: misión cumplida.

Al salir del aire acondicionado del aeropuerto entendí lo que era el bochorno: calor sofocante, sin duda.