sábado, 11 de junio de 2011

Raza

Estoy a dos pasos de volverme racista.

Si no fuera porque he pasado por situaciones únicamente estúpidas antes, ya habría renunciado, los habría mandado a que se limpien la cola o directamente me habría vuelto una mujer abusadora y golpeadora. Pero malas experiencias anteriores hacen que me muerda la lengua, apreté el puño y me siente a escribir.

No caerle bien a alguien porque parezco estadounidense no es una buena razón. Puedo no caerle bien por un exceso de simpatía, porque hablo demasiado o porque no suelo ser el alma de la fiesta. Pero porque soy blanca, eso no es motivo.

Que me destrate por darle los mismos consejos que recibí hace un par de semanas, no es razón. Puede destratarme por hablarle mal o por no hablarle, o por reírme de sus errores. Pero no por dar consejos cuando fui la última en llegar.

Y dejemos a las otras dos personas a un lado porque no merecen el desgaste de energía. Los dos son un dolor en la cola y una piedra en el zapato a la misma vez. Además, también sin alcohólicos, mandones y suelen cometer los mismos errores que achacan a los demás (entonces, cuando él me dice que deje de pretender, no me preocupo: no suelo pretender, pero él sí. Y cuando ella me dice que soy haragana, sólo le sonrío, porque ese es su defecto. Tengo miles de defectos pero no soy ni haragana ni falsa).

Pero estoy acostumbrada a arrodillarse sobre semillas. Lo bueno, es que es la primera vez que no pienso que es mi culpa. Fui a una escuela donde me educaron para pensar que todo lo que pasaba a mi alrededor era culpa mía, donde era la persona menos importante del grupo, la que hacía las cosas mal. Y a partir de ahí, durante el resto de mi vida, estuve convencida de que era verdad. Hasta ahora.

Tres uruguayos y medio

1. “Catalina, sos uruguaya”, escuché de una voz suave y dulce. Miré sobre el mostrador y encontré a una mujer delgada y rubia, muy bonita, que, con los ojos bien abiertos, esperaba una respuesta. “Si”, fue lo único que pude decir.

No hizo falta más que salir del mostrador para que esta mujer me tomara en sus brazos en el abrazo más maternal que he recibido desde que dejé a mi mamá y besara mi mejilla. Ella también era uruguaya, por supuesto.

Dos minutos después de conocerme se puso a las órdenes para llevar cualquier cosa a Uruguay, que ella se lo podía hacer llegar a mi familia.

Tres o cuatro días después el barco no dejaba de moverse. Estaba convencida de que nunca más en mi vida iba a ser capaz de probar bocado, que mi estómago no iba a soportar tanto movimiento durante seis meses. Pero no quería faltar al trabajo en la primera semana, así que me hice de tripas corazón y aparecí en la galería. Ella también apareció. Me preguntó cómo me sentía, me hizo saber si disgusto por mí, porque era mi primera semana allí, y también se ofreció a darme medicamentos contra el mareo.

2. Antes de que mi primer mes aquí terminara tuve que ayudar a esta señora que no sabía cómo decirme, en inglés, que quería sus fotos. Balbuceó un poco hasta que le pregunté qué idioma hablaba. “Español”, respondió. “Ah, yo también. Venga conmigo”. Y me siguió. Buscamos y encontramos sus fotos, hasta qué, cuando la estaba por dejar, le pregunté de dónde era. “De Uruguay”, me dijo. “Yo también”.

Y resultó que no sólo es de Uruguay, sino que vive en un apartamento a dos cuadras de donde vivo yo. Vamos al mismo supermercado, bajamos a la rambla en el mismo lugar. Estuve trabajando una semana cruzando la calle de su edificio. Dos cuadras. Y nos venimos a conocer en Asia.

Por supuesto que se puso a disposición para llevarme cosas a casa. Igual que la vez anterior mandé fotos. Pero esta vez también mandé monedas chinas antiguas y monedas de Hong Kong modernas.

3. A la tercera uruguaya la conocí a las seis y media de la mañana. Ella bajaba del barco en dos horas. Yo hacía un gran esfuerzo por trabajar a esa hora.

No hablaba inglés. Mi amigo Rifki, que fue quien la atendió, me dijo que era toda mía. Así que ella miró a mi etiqueta. “Sos de Uruguay”, me dijo en un acento entre cansado y tocando el cielo con las manos. El abrazo llegó por arriba del mostrador. Ella es del prado, aunque se fue a vivir a Buenos Aires cuando se casó. Se disculpó por vivir en Argentina; de vivir en Uruguay llevaría cosas para dárselas a mi familia.

Y ½. Una de las partes que menos me gustan de mi trabajo es tener que sacar fotos en los restaurantes. Hay todo tipo de gente, el mundo es un lugar generoso; entonces están los que te tiran con el plato por la cabeza, los que te dicen “no, gracias” y los que, aunque no quieran fotos, te conversan. Pero también están los que sí quieren fotos aunque de todas formas te tratan como a la basura, los que quieren la foto pero no dan mayor importancia a la presencia de uno en la mesa. Y los que quieren la foto y se ponen a conversar. Ya hablaré de mis conversaciones por señas, mitad español, mitad inglés mientras que el receptor es japonés. La vez que nos atañe fue con un grupo grande de canadienses, de quebecq. La conversación varió del inglés al francés. Y del francés al español cuando uno de ellos gritó “¡Uruguay!” arrastrando la erre. Vi justo la cara del hombre que me miró. Noté como sus ojos se iluminaban y su sonrisa se agravaba al acercar su cara a la insignia que bajo mi nombre y mi profesión dice mi país: “Uruguay”.

Se mudó a Canadá antes de que yo naciera pero no fue impedimento para que me hiciera historias (rapiditas y entreveradas) sobre la ciudad en la que se crió: Mercedes.

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A los tres uruguayos y medio los encontré en Asia. En las antípodas.

Nacionalidad

Al subir al ascensor vi que su pin decía que era de Perú. Me encanta encontrarme con gente de América Latina. Tal vez porque me hace sentir más cerca de casa, o porque indica que no estoy sola. En general, los latinos que he encontrado son simpáticos. Cada tanto salimos juntos, dos días a la semana los veo mientras trabajo por lo que podemos cruzar algunas frases y sonrisas. Esta marcó la diferencia.

“¡Sos de Perú”, le dije. “Sí”, respondió. Y agregó con el tono más despectivo que encontró: “Vos sos de Argentina”.

No, mujer. Soy de Uruguay.

Aleluya

Mi amigo Rifki, el musulmán, estaba cantando el Aleluya. Cuando le pregunté qué hacía cantando eso, me respondió (a las risas) que se le pegó por mirar a Mr. Bean.

Mi burbuja

Mi burbuja

Cuando tenía quince o dieciséis años alguien me dijo que tenía que salir de mi burbuja. En aquella época se nos había dado por hablar inglés con los que sabían lo que decíamos. Él y yo éramos compañeros de clase desde hacía tiempo, por lo que nos entendíamos.

De madrugada salí del boliche con mis amigas. Caminamos un poco por el centro hasta pasar por la panadería, donde este muchacho estaba con sus amigos. Me vio, me gritó a mí y a los cuatro vientos “Get out of your bubble!”. A esa altura, esa frase era su forma de saludo. Y mi forma de saludo era levantarle el dedo del medio, darle vuelta la cara y seguir de largo con mis amigas.

Cuando volvía a bajar la mano, mi cabeza comenzaba una lucha interna entre el “me molesta” y el “no me importa”. Hasta que terminaba agotada y enojada conmigo misma por hacerle caso a las palabras de este tipo que no modificaba mi vida en ningún aspecto. Es más, incluso admitía que tenía razón: sí vivía en una burbuja. Una muy bonita, aparte y selecta; en ella sólo había lugar para cosas especiales: mis amigas, mi familia, mis sueños. No sé qué de esas tres cosas eran las que más le molestaban. Cuánto más me gritaba que saliera de mi burbuja, más me aferraba a ella. Y el sueño más grande que tenía era salir de ese pueblo, ver el mundo.

Suerte que me aferré a mis ilusiones. Mirá donde estoy.

Suerte que mi burbuja era lo suficientemente amplia para que entrara el mundo.

-x-x-x-

Los años pasaron. Él y yo nunca llegamos a ser amigos. Nuestra relación nunca creció. Pero después de tantos años de trato intenso, de verlo seguido, de compartir mejores amigos, le tengo cariño. Y le agradezco infinitamente que me obligara a aferrarme a mi burbuja.

sábado, 28 de mayo de 2011

Cambio de paisaje

Dejamos Asia atrás. Alaska nos dio la bienvenida.

8 días de estar rodeada de agua me pareció suficiente. A veces hasta demasiado. Me sentía destemplada. Abajo del uniforme me ponía la única remera de manga larga que traje y dormía con tres acolchados. Justo yo que nunca fui friolenta. Mis manos estaban siempre frías hasta el punto que un amigo me regaló un par de guantes.

El paisaje cambió totalmente. En Asia los días en el mar eran días en el mar donde no se veía más que agua hacia donde se mirara por los cuatro puntos cardinales. En Alaska, en cambio, los días en el mar están llenos de montañas, pintos y picos nevados. De pequeños pueblos al lado del agua o de astilleros perdidos en medio de la nada. Alaska es verde, grande. Es hermoso. Es la primavera más fría que he vivido.


Materiales

En este momento tengo:
- chicles chinos
- galletitas rusas
- tomo en un vaso de Corea del sur
- pop tarts de Estados Unidos
- aún me quedan dulces de vietnam
- tres muñecas con trajes típicos vietnamitas para las tres bebas más bonitas.
- botellas de agua de Tailandia
- un papel que indica que puedo entrar y salir de Estados Unidos mientras el barco donde trabajo esté en ese país.
- una vista maravillosa en el café de Vancouver desde donde estoy escribiendo.