martes, 20 de noviembre de 2012

Valijas


Hay dos cosas que me aburren mucho: 1. Armar valijas. 2. Desarmar valijas.

Así que dos meses después de volver de Holanda, el año pasado, una amiga entró a mi cuarto y me preguntó por qué tenía las valijas con cosas todavía. Si total, le respondí, son cosas de invierno que no necesito. Ahí estaba la pobre, echando raíces en un rincón de mi habitación.
La última vez que me fui de Uruguay estiré tanto el armado de la valija que comencé a hacerlo la última madrugada, entre la una y las cuatro de la mañana, para dormir sólo dos horas antes de tomar el avión.

Pero hay ocasiones en las que los tiempos están medidos. Esas son mis favoritas, así me dejo de excusas o de mirar series en la computadora y me pongo a hacer lo que debo.

Al final de mi primer contrato con Princess tenía toda la tarde para armarme las valijas y dejar todo pronto para volver a casa. Como el tiempo era abundante, me fui a tomar un café, a conversar con algunos amigos y regalar cosas que no pensaba llevarme. Mientras tanto, el tiempo pasaba, mi ropa seguía en el armario y mis cajones, llenos.

Cuando volvía a mi cabina, rendida ante la idea de preparar todo para irme, encontré a Werner, un amigo sudafricano que también tenía la tarde libre. Lo senté en el pasillo, al ladito de donde yo tenía que estar y le pedí que me hablara. Lo hizo, habló de safaris y de Tahiti. Le di lo que me sobarba de café, de pasta de dientes, y alguna otra pequeñez que apareció en el camino.

Al final de este contrato el desfile de personas que entró y salió de mi cabina fue mayor. Tomás que tiraba papeles de bombones en mi escritorio, Facundo que lo retaba. Ariel que me copiaba canciones, Laura que quería coordinar todo. Yo, luchando contra el aburrimiento, tratando de seguir doblando ropa y de no olvidarme la que había puesto a lavar.

Por más que me guste viajar no hay forma que a eso lo acompañe el preparado.

viernes, 9 de noviembre de 2012

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Diez días


Noviembre 7. Tendría que estar en casa. En lo posible, tomando sol en el jardín de la casa de mis padres, tratando de sacarme a las perras de encima y esperando a que alguien llegue con el mate. Durmiendo hasta tarde, quedándome despierta hasta tarde. Poniéndome al día con películas y series de televisión. Perdiendo el tiempo en facebook. Yendo a la playa con mi hermana y leyendo el diario con mi papá.

Sin embargo, sigo en el barco. Ayer me puse un vestido español y hoy compré oporto en Lisboa. En mi cama de arriba. Despidiendo amigos. Cada vez más cansada. Sin ganas de conocer gente nueva ni de soportar a estas personas. Especialmente a los nuevos americanos, recién llegados, que aseguran que la esclavitud no se ha abolido; que van y lloran porque los tripulantes trabajan 12 horas por días pero luego les gritan porque el café no está a su gusto.

Diez días. Entonces, puedo hacer lo que dice el primer párrafo. A eso le sumo tomar café con mamá y salir a dar vueltas con mi hermano. Olvidarme del despertador, perder el reloj.

Pero (porque toda historia tiene sus peros) en veinte días ya voy a volver a querer lo que dice el segundo párrafo. Sólo que sí voy a tener energía para hacer nuevos amigos, salir todas las noches, probar nuevas cervezas y conocer nuevos lugares.




Feliz cumpleaños a mis tíos.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Química


"Todas las cosas fundamentales –el amor, la felicidad, el sufrimiento –suceden por amor o por gracia, cuando soltamos las riendas y nos dejamos llevar por la vida como un bastón en las manos de un viandante".
Claudio Magris, El infinito viajar.


La gente tiende a no caerme bien. Es una cuestión química. Algo así como que los veo y no me interesan.

Con Jon fue diferente.

Entré al Internet Café a comprarme una tarjeta, tenía mi nuevo uniforme de fotógrafa puesto. El mismo que no usaba desde hacía más de seis meses y que en aquellos meses nunca pensé que fuera a extrañar. De pronto escucho mi nombre. Hacía dos horas que estaba en el barco, sólo tres personas conocían mi nombre: mi jefe, el asistente de mi jefe y mi roomate. Al darme la vuelta veo la cara sonriente de un morocho, faco, que me miraba expectante. "¿Sos la fotógrafa nueva?", me preguntó.

Y desde ese momento nos hicimos amigos.


Había algo en que él, que es hombre, y yo, que soy mujer, que todos esperaban que tarde o temprano termináramos juntos. En el medio tiempo, yo lo empujaba para hablar con mujeres y él me agarraba el brazo para sentarme un rato tranquila. Se convirtió en la voz de mi conciencia. Sin importar lo que hiciera o qué tan grande pareciera la macana, él siempre era el ángel bueno que decía que todo iba a estar bien.

La diferencia era cultural era entre la anglosajona y la latina. Para él, salir, consistía en su mochila de la cámara con todos sus lentes y filtros, mientras que yo terminaba metiendo algunas cosas en mi mochila a las apuradas y al final me olvidaba de la mitad. Para él, llegar a una ciudad nueva y no conseguir un mapa era perderse seguro; para mí, siempre es perderme seguro, con o sin mapa.

De alguna forma, mi mal inglés y su exceso de vocabulario, congeniaron. 


miércoles, 10 de octubre de 2012


Gerainger, Noruega

Esas botas, vaquero y remera roja, esconden a mi persona.

Soy yo durmiendo una siesta en Gerainger, Noruega.

Antes de llegar a ese puerto, el barco pasa por uno de los fiordos más hermosos que he visto. A ambos lados del barco, un estrecho fino de tierra cortada como con cuchilla, perfectamente vertical. Vegetación crece a esos costados y el agua cae libre. Parece ser que la mayor atracción son las cataratas de las Siete hermanas. Trajcho, un amigo de Macedonia me dijo que, en realidad, era una pena: hilos de agua cayendo a la vez. Sin embargo, de pena no tiene nada. Es como que todo el poder de la naturaleza te pega de lleno en la cara al ver las siete cataratas.

Entonces el barco llega a Gerainger. Como el puerto es demasiado pequeño, son barcos salvavidas los que nos acercan a la costa. Lo que sucede con los tender ports es que los pasajeros tienen privilegio para bajar primero, así que no queda mucha opción para la tripulación: o sale en el primer tender, o espera unas dos o tres horas hasta que nos den permiso. Jon y Claudio no iban a esperar por mí, decidieron salir en el primer tender y yo tenía que apurarme si quería salir con ellos.

En Noruega uno se da cuenta de lo pequeño que es el hombre. La naturaleza es gigante. En este luegar hay nada artificial. Preguntamos en información turística qué hacer y la señora detrás del escritorio nos dio muchas opciones, todas incluían subir montañas.

viernes, 5 de octubre de 2012

Curiosidad

"A decir verdad, no sabemos lo que incita al hombre a recorrer el mundo. ¿Curiosidad? ¿Anhelo irrefrenable de aventura? ¿Necesidad de ir de asombro en asombro? Tal vez: la persona que deja de asombrarse está vacía por dentro; tiene el corazón quemado. En aquellos que lo9 consideran todo déjà vu y creen que no hay nada que pueda asombrarlos ha muerto lo más hermoso: la plenitud de la vida".




El texto es de Ryzard Kapuscinski en su libro Viajes con Heródoto. La imágen es de Steve McCurry, fotógrafo estadounidense que trabaja para la National Geographic.