lunes, 26 de agosto de 2013

miércoles, 17 de julio de 2013

Cruzar fronteras

Hoy de mañana estaba en mi cabina, la misma que me perteneció durante los últimos seis meses de mi vida. Donde escribí, lloré, me enamoré, me emborraché y me desperté incontables veces para ir a trabajar.

Anoche, mis compañeros de trabajo me homenajearon con una cadena de llaveros hechos por ellos mismos donde de un lado veo la foto de cada uno de esos compañeros que me apoyaron en ocasiones y me hicieron la vida imposible en otros momentos. Al otro lado del llaverito tengo una dedicatoria, algo que ellos quieren que yo conserve. Me encantan esos regalos, hacen que me olvide todas las molestias y sólo recuerde los momentos buenos, aquellas noches de bar y días de puerto, almuerzos y cenas, no las horas interminables de trabajo ni las madrugadas frías con la cámara al cuello.

Tuve la gran suerte de compartir tantos meses con buenos amigos. De conocer nuevas personas increíbles que formarán parte de mi vida para siempre, pero también de fortalecer amistades anteriores. Héctor, que cada vez que voy a su restaurante me regala frutillas y queso de cabra; Alex, que es de Macedonia y le gusta decirle a todo el mundo que soy su novia, cuando él es gay; las dos servias rubias que supieron ser hostess en los restaurantes donde yo sacaba fotos... el contrato pasado y este. La lista sigue.

"Es muy raro", me dijo Ben, él con su cerveza, yo probando ron de mango con jugo de manzana, "en poco tiempo haces amistades fuertes que duran".

(Recomiendo el Ron de mango con cualquier cosa, igual solo. Pero es una bebeida peligrosa porque parece que sólo es jugolín. No lo es).

Generalmente soy la única uruguaya del barco. Tuve suerte en mi primer contrato de tener a una paisana, pero en los siguientes siempre tuve que agarrarme de lo que estuviera más cerca. Y ese cerca siempre resultó ser Argentina. No sólo eso, sino que en ambas ocasiones fueron los mismos argentinos. Hermanos del alma que cocinaban empanadas y dulce de leche, que me cebaban mate y no me criticaban cuando decía "boludo".

Ahora ya no hay barco. Después de atravesar el aeropuerto de Copenhague con una brasilera y dos mexicanos, me bajé en Madrid, me vine a esperar a que pasaran las horas hasta mi siguiente destino: Lisboa.

De ahora en más no más trabajos, no más targets ni budgets, nada de números. La cámara cerca pero sólo por diversión, a contar las horas pero para el siguiente lugar. Una nueva aventura comienza hoy. Durante las siguientes tres semanas, un auto, un portugués y yo.

jueves, 20 de junio de 2013

Berlin: a correr

¿Cuánto tiempo pueden pasar dos personas en una ciudad como Berlín, sin teléfono ni internet, separadas y sin punto en común, en encontrarse?

Llegué a Berlín en tren recién pasadas las once de la mañana. El plan (el único y tonto plan) era conectarme a internet para comunicarme con un amigo, encontrarme con él en el hotel donde estaba (que no sabía cuál era ni qué dirección tenía) y recorrer la capital alemana juntos.

Alemania tiene los únicos McDonalds del mundo sin Wifi. Las cafeterías tampoco tienen wifi y por supuesto, los hoteles cerca de la estación de tren no me iban a pasar la contraseña a menos que pagara una noche. Ya que no había opciones con el McDonalds pregunté por un Starbucks, pero quedaba a un par de estaciones de metro de distancia.

Ok, sobre Berlín conozco algunas cosas, pero no sé dónde quedan. Dos cosas sobre Berlín que se pueden leer en el link que coloco en este artículo: está lleno de alemanes y en Alemania se habla alemán. Yo no hablo alemán, ni siquiera sé decir cómo me llamo en alemán, aún más: en la pequeña lista de lenguas que me gustaría aprender, el alemán ni siquiera figura. Sé que sería más útil hablar ese idioma que italiano, porque al menos se habla en más de un país, pero tengo toda la intención del mundo de volver a Italia tan pronto como pueda y cada vez que pueda, mientras que puedo vivir otros 26 años sin pisar Alemania (ni Suiza ni la parte alemana de Bélgica…). Así que sin mapa, con cero sentido de la orientación, sin idea de dónde encontrar a mi amigo ni entender los carteles en la calle, pregunté a cuanta persona encontré si había un cyber café cerca.

“Veo que no respondes”, decía el mensaje que mi amigo me dejó en facebook. Eh…. No respondo porque no estoy en el chat, pensé. “Voy a Check point Charlie”.

Fue explotando el inglés a más no dar con los muchachos que encontré en el subterráneo que pude tomar el tren correcto y llegar a check point Charlie sólo no encontrar a la maraña de rulos que es mi amigo.

Y, como ya dije, el McDonalds del frente, tampoco tenía internet.
Suerte que Starbucks no abandona. “Estoy en Check Point Charlie, me voy a las puertas de Brandemburgo”. No pensaba seguirlo por todo Berlín, cazando señales de internet donde pudiera. No. O era en Check Point Charlie o lo saludaba por chat.
Más abajo había otro mensaje: “Nos vemos en el McDonalds frente a Charlie a las 13.10”.

5 minutos. A correr. 

lunes, 3 de junio de 2013

domingo, 19 de mayo de 2013

Snaps en una isla de piratas: Domínica

Domínica no es República Dominicana. Es una isla mucho más pequeña que no comparte terreno con Hití. Es una isla amigable, de playas lejanas y personas dispuestas a mostrar lugares. Es mi isla del caribe (de las que llegué a ver) favorita. Aquí les dejo algunas fotos para iluminar el panorama. 

Bar que se gloría de tener el mejor ron del Caribe. Si es cierto o no, la verdad que no lo puedo decir porque cada vez que entré pedí cerveza.

Puesto callejero donde venden jugo de frutas naturales. Dulces y fríos: son deliciosos.

Chicas locales muy simpáticas. Trataban de robarme la cartera e invitarme a sus casas al mismo tiempo. La que está en el centro es estudiante de Administración y no le gusta.

La biblioteca de Ruseau, la capital de Domínica, queda en un acantilado con vista a la bahía. Esta chica salió del colegio y se sentó a estudiar en uno de los bancos en el jardín de la biblioteca (que tiene wi fi gratis).

sábado, 11 de mayo de 2013

De viaje por ahí


En aquellos días en los que mi vida consistía en escribir noche y día (alguna más noches que días, en realidad), cuando me dejaba llevar por la imaginación, sin reglas fijas ni horarios estrictos, cuando mi dieta básica consistía en café y por las noches escuchaba a Nora Jones y Frank Sinatra para poder terminar el siguiente trabajo. Mi hermano me miraba por la ventana de su habitación, como interactuaba conmigo misma, hablaba y me reía sola. En aquellos años de universidad donde todo parecía posible pero, a la vez, muy lejano, pasaba mis ratos libres de invierno, entre palabra y palabra, cuando la cabeza ya no quería dejarse llevar más, paseando por mapas.

Soñaba con tierras lejanas. Con personas desconocidas. Con lugares escondidos. En el fondo de mi cabeza sonaba la voz de montones: salí de tu burbuja, ya te vas a enfrentar a la vida real, dejá de soñar. Suerte que nunca les hice caso.

Pues, ahora, que mi vida consiste en personas desconocidas y tierras lejanas, pero consigo poco sueño, me compro un pasaje a Lisboa y comienzo a planear mis vacaciones. Noto que mi mente se está volviendo bastante planificada, tal vez por trabajar en una multinacional estadounidense, pero sea la razón que sea, esas vacaciones en mi cabeza ya estaban planeadas: Lisboa, Roma, Grecia. Grecia, Grecia, Grecia y cantarle versos a todos los dioses.
Mi compañero de viaje, el que habita en Lisboa, no quiere tener nada que ver con Italia. Tampoco entiende esa obsesión que tengo con Grecia: es propaganda de los estados para decir que la democracia es lo mejor. ¿Y a mí qué?  Nada que ver con los dioses ni las playas. Ni la comida, ni los burros.

Llegado un momento, Grecia era una posibilidad pero de Italia ni hablar. Cansada de argumentar, pero decidida a hacer de esas vacaciones una realidad, propuse abrir el mapa.
Allí estaba, entonces, viajando otra vez por Google Maps. Con la mitad de los pasajes comprados, visualizando la realidad, tan cerca que casi lo toco con la mano. Así, como siempre soñé que sería.

martes, 7 de mayo de 2013

Los colores del Caribe


El mundo es un lugar maravilloso. Cada calle, recoveco, cada cultura y persona, cada paso que damos esconde una historia, un secreto. Descubrir detalles, encontrar clichés, recorrer películas y libros. Viajar da vida, crea historias y alimenta nuevos sueños. Conocer, dejarse llevar por la curiosidad, no dejar de caminar por más cansados que estemos.

Hay tantos lugares increíbles en los que me imaginé transitando, dejándome influir por la cultura, animándome a probar algo que considerara exótico. Sin embargo, nunca me imaginé en un all inclusive del Caribe. Ni siquiera en una playa del Caribe. Nada que tuviera que ver con la tierra de piratas. Tal vez porque me crié a una cuadra de la playa (aunque es sea tan injusto comparar el río con ese mar), o porque vaya uno a saber el motivo. Pero el mar Caribe no estaba en mis prioridades.

Suerte que la vida no deja de sorprenderme.

Cuando llegó me enamoró. Me atrapó con mariposas en la panza y me llenó de ilusiones. Y tan rápido como eso sucedió, también me aburrió. Como todo amorío sin fundamento. Es que hay lugares que son para uno, esos a los que se puede volver año tras año y seguir sintiendo como propio, sorpresa y encanto; para mí el Caribe representa algo contrario. Diversión, playa y saltar con lianas entre los árboles.

En Santa Lucía salimos del puerto para poder pelear el precio del taxi. Regatear no se me da bien, así que lo dejé e manos de mis compañeros de viaje que por diferencias culturales o años de visitar esas islas están acostumbrados a decir que no y pretender que se van. En el segundo intento, después de tener a tantos conductores como había en el puerto siguiendo nuestros pasos y gritando precios como si se tratara de una buena subasta, este conductor dijo que tenía Marley. No se refería a Bob, pero subimos igual y nos dejamos llevar a la playa por este hombre que no dejó de ofrecernos droga durante todo el viaje. De fondo sonaba “don’t worry,mabout a thing, ‘cause every little thing, it’s gonna be alright”, frase que Carly, una de las integrantes del grupo terminó tatuándose en el pie derecho en honor a su abuelo fallecido.

Ivan era el que conocía esta playa, alejada del puerto, con poco espacio, colmada de personas y con tantos cocales como era posible tolerar. Cada pocos minutos llega un nuevo local ofreciendo un servicio: juegos acuáticos, comida, bebidas, tensas para el pelo o caravanas. Las personas caribeñas que conocí (no quiero generalizar) son lo que en Uruguay llamaríamos sinvergüenzas: llegan y se sientan con el grupo, ofrecen servicios que a nadie le interesa pero no aceptan un no por respuesta, insisten e insisten por un par de monedas o una cerveza (más que nada lo segundo). También son muy simpáticos, en algunas islas más que en las otras, orgullosos de su cultura, de sus orígenes y seguros de dónde vienen y a dónde van. Siempre seguros de que no hay que preocuparse por nada porque todo va a estar bien, como bien cantó Bob.

Tengo una cesta de hoja de palmera que hijo uno de estos locales ese día en la playa de Santa Lucía. Guarda mis tés. Como pago se llevó varios dólares y dos cervezas.

En Granada, en cambio, para ir a la playa nos tomamos un taxi acuático y al llegar al destino decidimos caminar mucho (demasiado) para alejarnos de todo conocido. Pero no tanto como para escapar de los locales que, en este caso, resultaron ser más agresivos. Este hombre llevó sin ofrecer cestas ni demostración de cómo crearlas; él vio el balde de cervezas, se metió en medio del grupo y estiró la mano para agarrar una. Sin pedir permiso, sin avisar, sin tener en cuenta que dos de mis compañeros eran más grandes que él y con poca paciencia para esta cultura caribeña. Los dos se pararon enojados, cansados de tanto abuso por parte de los locales y le dijeron con voz clara que dejara la botella. Ese hombre, al ver que no se la iba a llevar fácil, sí dejó la cerveza, pero pasó de un lado al otro durante todo el rato que nosotros estuvimos tratando de escapar en la playa.

Me encontré, de pronto, hablando a favor de los all inclusive. De esas instalaciones con playas paradisíacas y todos los entretenimientos que se quieran encontrar. Después de todo, si tengo dos semanas para escapar del estrés de la vida real, ¿para qué ir a un lugar donde mi novio va a terminar a los golpes con un loca? O a un lugar donde no se encuentra descanso.
El Caribe es hermoso. Tiene paisajes de revistas y cada foto parece una postal. Arenas blancas, aguas cristalinas, bares cada pocos metros, ambiente festivo. Sin embargo, es como esas personas que están siempre vestidas a la moda y se pasan de fiesta en fiesta de jueves a domingo: no me interesa estar con ellos.

Todas las opiniones, por las dudas vale aclarar, son totalmente personales. Entiendo que todos admiramos y apreciamos cosas diferentes, por eso mis más mejores amigas que han ido al Caribe sí volverían una y otra vez a estos lugares. Creo que antes de negarme a recorrer estas islas otra vez debería probar un all inclusive. Pero sí vuelvo, y eso no se cuestiona, a Domínica.



 

Granada. 


Barbados. 


 Domínica.