Tal vez mi corazón es nómada.
La perte de la película de Disney Tarzan. Cuando él encuentra a Jane, cuando pone su mano junto a la de ella y se reconoce como miembro de la misma especie. Es exactamente lo que sentí cuando llegué, por primera vez, a un lugar totalmente diferente a mi burbuja.
domingo, 16 de noviembre de 2014
miércoles, 12 de noviembre de 2014
lunes, 10 de noviembre de 2014
Matar el cliché
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| Livorno. Esta foto fue tomada por mi amigo Jon por venganza luego de que le arruinar lo que sería "la foto perfecta" de un hombre en una bicicleta. |
Conocí, en cambio, la Roma antigua, todas las gelaterias por las que pasaba cerca, el Rapto de las Sabinas. Perdí parte de mi fortuna tirándola en la Fontana di Trevi (una y otra y otra vez). Me perdí. Es que no hay nada más asombroso que perderse en Italia. Sea donde sea, como cuando llegué a Roma y en lugar de llegar al hostal llegue a esa calle que es residencia de muchas personas, o en Venecia donde, especialmente de noche, abundan las ratas.
Italia es mi país europeo favorito. Al que volvería cada año sin cuestionamiento. Y cada año dejaría todas mis monedas en la hermosa fontana di Trevi, también sin cuestionarlo. Volvería a Nápoles aunque sólo fuera por la pizza y sin ningún lugar a dudas volvería a los pueblios cercanos a Cinque Terre que son la escenografía real más ficticia que he visto en ninguna parte del mundo.
Para mí Italia no es sinónimo de romance ni de moda ni de comida. Es sinónimo de la vida misma: hermosa y caótica. Pone en manifiesto las cosas en las que realmente creo: lo que importa es la familia, los amigos, el buen vino y un buen plato de pastas. Y entra en crisis con las mismas cosas que yo: la economía, una historia problemática y un mundo en ruinas.
Mucho más
Fueron 4 años.
Con ese sentimiento de que sólo debía estirar el brazo para tener el mundo en mis manos, cuando di un paso más para alejarme de lo conocido, de mi mundo seguro. Cuatro años atrás deseaba rutas nuevas, caras distintas, sabores que nunca había imaginado.
El sueño se hizo realidad. Surqué más de siete mares, toqué la tierra de Sandokan, del pirata Morgan y llegué a las antípodas de mi país. Superé mi disgusto por comer frutos del mar, tomé mi primer coco en el continente asiático, tiré bolas de nieve en pleno verano en el polo norte y formé amistad con personas de todas partes del planeta.
Y será que como en todos los barcos siempre hubo un portugués, yo conseguí el mío.
Pero, como todas las etapas, esta también debe cerrarse. Hace unos días mis amigas me preguntaron cuál fue el lugar qué más me gustó el el mundo entero y lo primero que se me vino a la mente fue: mi cama y mi almohada. Pero como pensé que necesitaban el nombre de una ciudad, les dije: Colonia del Sacramento. Mi hogar.
Terminé una ruta acuática. Terminé con una etapa que me llevó por el mundo: de arriba a abajo y de un costado al otro (si mi profesor de geografía lee esto ¡me mata!). Pero sin dudas que no he terminado de viajar, de quemar kilómetros, de conocer gente.
En estos cuatro años hice mucho ¡pero aún queda mucho más!
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| Selfi en Senegal con niños de una villa. |
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| Tomando cerveza Baltika frente a la Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada, en San Petersburgo. |
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| En Napoli, en el lugar donde se inventó la pizza Margarita. |
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| Tirando la moneda en la Fontana di Trevi, en Roma, Italia. |
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| Crew Bar con mis amigos Julio, Tamy y Lucas |
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| Ciudad del Cabo con la Table Mountain de fondo. |
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| Con Jon, mi mejor amigo, en San Petersburgo. |
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| Dos luchadores de pura cepa. Ricardo con buena compañía en Hong Kong. |
lunes, 29 de septiembre de 2014
La primera
Dakar, Senegal.
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| Con Nafi, el día que la conocí. |
Nafi es la primera esposa. Es una
mujer hermosa, grande y majestuosa que, con su traje y turbante color verde, está
sentada al final del bus, inspeccionando al guía. A él tener una superior
mujer parece no hacerle gracia. El guía es un hombre muy tradicional quien no
dejó pasar momento para contarnos cómo no le gustaba que las tradiciones
estuvieran cambiando.
Según él nos explicó, las mujeres
senegalesas, al casarse, van a vivir a la casa del marido, con la madre del
marido y, teniendo en cuenta que lo común es tener muchos hijos, probablemente,
también vivirían con los hermanos y las esposas de esos hermanos. Todas esas
personas bajo el mismo techo sin tener en cuenta que la tradición musulmana les
permite tener varias esposas. Así que estamos hablando de varias esposas de un
mismo hombre viviendo con la suegra, con los cuñados y con todas las esposas de
esos cuñados. A mí me suena a muchas mujeres juntas. A Nafi también.
“Pero ahora las mujeres no
quieren vivir con la suegra”, dijo el guía con un tono de voz de descreimiento.
¡Y parece que tampoco quieren que el marido se vuelva a casar!
El bus, que estaba lleno de
personas occidentales, no pudo comprender cuál era la pena del guía. Una de
esas mujeres, que era de Estados Unidos, me dijo que ni loca se iba a vivir con
su suegra. “La mujer me odia porque le quité a su bebé”.
Le pregunté a Nafi, entonces, si
ella estaba casada. Me dijo que sí, y que tenía una hija. Le pregunté si su
marido tenía más esposas. “Sólo una más”, me respondió, “Pero yo soy la primera”,
y un dejo de orgullo se escuchó en su voz.
La segunda esposa vive en el piso
de arriba, con sus dos hijas, y el marido se turna al momento de dormir: dos
noches con cada una. Por suerte, me contó, las dos mujeres se llevan bien y las
hijas son muy amigas.
“Tuve suerte”, me contó “mi
marido es mi mejor amigo”. Y con mucho respecto a esa amistad, él le contó que
se iba a volver a casar. Su voz se quebró al decirme que es un momento muy
triste y que, generalmente, la familia de la nueva esposa le da regalos a la
primera esposa. Pero ella le había pedido a su marido que si alguna vez quería
volver a casarse, que le contara. Y él respetó ese pedido, así que al llegar el
día Nafi estaba tan preparada como podía estarlo.
Me contó que claro que apoya la
tradición de su país que es necesaria porque cuantos más hijos tiene un hombre,
más manos de trabajo tendría para la granja. Pero ella, me dijo enseguida, no
vivía en una granja.
Links
En los siguientes links pueden encontrarse las versiones
digitales de los artículos que he escrito y han sido publicados en la revista
Seisgrados.
domingo, 31 de agosto de 2014
Idiomas
Lisboa es una de las ciudades que más me gustan. Cálida, simple, colorida. Las personas locales no se andan con vueltas: nada de falsas sonrisas ni palabras llenas de flores. Completamente contrario al Costumer Service estadounidense, los lusitanos van y vienen como son: como todas las personas, tienen días buenos y días malos. Esa sinceridad me encanta.
Entonces viene este hombre, Suizo-Alemán (la peor combinación) y se pone a hablar conmigo como si me interesara su vida. Comienza a contarme de la vez que cruzó el canal del Panamá, de un hotel hermoso en San Francisco y, aún no sé cómo, llegó a Europa y a marcar un índice totalmente diferente al mío, de ciudades. "Acá está Roma", me dijo colocando la mano a la altura de su cabeza (era un señor bastante alto). Luego se agacha y a la altura del suelo vuelve a marcar con la mano "Acá, Barcelona". Primer problema. Todo bien con Roma, me encanta, ojalá pudiera volver cada año de mi vida, pero ¿A quién se le ocurre que las ruinas romanas pueden ser tanto mejores que una ciudad tan llena de vida, tan cosmopolita, como es Barcelona. Yo continué con mi sonrisa porque, después de todo, para eso me pagan, para sonreír. El hombre, que pareció no darse cuenta de ese Costumer Service, de esa falsa sonrisa que le dirigía y de que prefería estar en cualquier otro lugar menos escuchando sus comentarios poco interesantes, continuó: "Y más abajo del subsuelo está Lisboa. Qué ciudad apestosa, vieja".
Me mordí la lengua.
Y el señor continuó.
"Quise tomarme un taxi y le dije 'al barco', '¿qué es un barco?' me preguntaron"
La verdad es que intento ser mejor cada día en eso de morderme la lengua pero en esa ocasión, fracasé.
"Ah, así que usted habla portugués", le dije en tono casual.
"No", por supuesto que no. ¿y cómo espera que una persona que vive día tras día con su propio idioma aprenda el suyo o cualquier otro sólo para usted pueda calificar la ciudad mejor. "Luego traté en francés", insistió el hombre y consideré que ya era hora de irme.
Entonces viene este hombre, Suizo-Alemán (la peor combinación) y se pone a hablar conmigo como si me interesara su vida. Comienza a contarme de la vez que cruzó el canal del Panamá, de un hotel hermoso en San Francisco y, aún no sé cómo, llegó a Europa y a marcar un índice totalmente diferente al mío, de ciudades. "Acá está Roma", me dijo colocando la mano a la altura de su cabeza (era un señor bastante alto). Luego se agacha y a la altura del suelo vuelve a marcar con la mano "Acá, Barcelona". Primer problema. Todo bien con Roma, me encanta, ojalá pudiera volver cada año de mi vida, pero ¿A quién se le ocurre que las ruinas romanas pueden ser tanto mejores que una ciudad tan llena de vida, tan cosmopolita, como es Barcelona. Yo continué con mi sonrisa porque, después de todo, para eso me pagan, para sonreír. El hombre, que pareció no darse cuenta de ese Costumer Service, de esa falsa sonrisa que le dirigía y de que prefería estar en cualquier otro lugar menos escuchando sus comentarios poco interesantes, continuó: "Y más abajo del subsuelo está Lisboa. Qué ciudad apestosa, vieja".
Me mordí la lengua.
Y el señor continuó.
"Quise tomarme un taxi y le dije 'al barco', '¿qué es un barco?' me preguntaron"
La verdad es que intento ser mejor cada día en eso de morderme la lengua pero en esa ocasión, fracasé.
"Ah, así que usted habla portugués", le dije en tono casual.
"No", por supuesto que no. ¿y cómo espera que una persona que vive día tras día con su propio idioma aprenda el suyo o cualquier otro sólo para usted pueda calificar la ciudad mejor. "Luego traté en francés", insistió el hombre y consideré que ya era hora de irme.
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