Este es el último sábado del 2013 que voy a estar en Uruguay.
¿Qué raro suena eso?
Sin embargo, no tendría por qué. Hace casi tres años que trabajo en itinerantes, yendo y viniendo, pasando noches en aeropuertos y días en puertos. Pero. Siempre he estado en casa para las fiestas. El aniversario de casado de mis padres. Ese tipo de cosas. Por este año, se acabó.
A cambio: nuevas aventuras.
Lugares desconocidos por descubrir, es lo que más me gusta. Es que aún miro el mapamundi y no puedo creer que haya lugares tan increíbles. Se me hace agua la boca al nombrar lugares (Sudáfrica, Tokyo, Balio, es como si mi lengua se llenara de azúcar), y, a la vez, una sensación de que nunca voy a estar satisfecha, de que al conocer un poquito, voy a querer otro poco más. Esa vieja sensación de que nunca nada me va a saciar. De que puedo caminar por calles antiguas y visitar edificios modernos, pero siempre va a haber otra ruta, otro pueblo, otras personas por conocer, por recorrer.
A ver a donde vamos a parar. No voy sola. Así que el panorama se presenta diferente. Y voy a trabajar de vestido. A ver cómo no enredo el taco en el ruedo.
sábado, 28 de septiembre de 2013
viernes, 13 de septiembre de 2013
San Petersburgo, La Grande
San Petersburgo, Rusia.
Es una ciudad
hermosa, me decían. La noche es muy loca, también escuché.
Durante meses antes de llegar a Rusia personas de todo el mundo daban
testimonios de cómo habían sido robados por la policía rusa, o cómo de
impresionantes son los palacios e iglesias de esa ciudad.
Mi primera impresión fue: es grande.
Va más allá de que sea una megalópolis con calles que llevan y traen a diestro y siniestro, con las iglesias ortodoxas llenas de colores, de formas redondas. Tiene que ver con que en el centro de San Petersburgo, a muchas cuadras a la redonda de la avenida Nevski Prospekt, no vi una casa. Sí mansiones pero más que nada edificios. Bloques y bloques rectangulares llenos de puertas y ventanas. Veredas angostas, calles de la misma forma que desembocan en avenidas descomunales, en mares de personas que pasan sin mirar al costado. Es grande. La ciudad que Rusia nos presenta se aleja por completo del pantano que supo ser hasta que Pedro, El Grande, mandó a construir una ciudad-puerto a semejanza de Ámsterdam y Venecia.
En mi primer día en la Gran San Petersburgo sólo fui
capaz de caminar. Calles, parques, esquinas y catedrales. Perdida en el mapa,
dejándome llevar por un amigo de macedonia que, supuestamente, sabía dónde
estábamos. Él al menos entendía el alfabeto cirílico y esa costumbre de poca
sonrisa que se veía por los cafés rusos.
La Iglesia del Salvador de la Sangre Derramada siempre me
pareció una torta con merengues de colores. Las iglesias en general tienden a
gustarme y cuanto más viejas, mejor. Sin embargo, con esta en particular, la
energía que ejerció sobre mí (que no soy un ser religioso) se convirtió en
horas de estar frente a ella, en rodearla y visitarla, en pasar a mostrar mis
respetos cada vez que fue posible durante mi estadía en la ciudad.
Es mucho más que una iglesia: es un monumento en honor al
Zar Alejandro II que fue asesinado en el lugar justo donde se levanta este
carnaval ortodoxo, tan colorido y con tanta significancia a la historia rusa.
La noche es
loca, me dijeron. Y si no lo hubiera vivido, nunca lo habría
creído. Llegamos a la puerta de un club (que está al lado del McDonalds
familiar cerca de Nevski Prospekt); el portero del boliche acepta que mi amigo,
J., (hombre) pase, pero a mí me levanta una mano y con una sonrisa algo tímida
me dice: “Es un club de caballeros”. “Ya sé”, le respondo y mi amigo, que saltó
en mi defensa dijo: “tiene la mente abierta”. Abierta nada, la verdad es que no
tenía idea de dónde me estaba metiendo. Pero al pasar por una segunda puerta me
enteré, varias mujeres bailando mediodesnudas,
colgándose de cuerdas que caían del techo. Alrededor sólo hombres. Y yo. Que me
pedí una cerveza, ya que no tenía nada para mirar. Obvio que volví a casa sola.
Cerca de las cuatro de la mañana J. me saca de la cama aporreando mi puerta
para asegurarme de que llegó bien. No le pedí que me avisara, pero se sintió
bajo la responsabilidad de hacerlo después de haberse subido a un taxi civil
(lo que significa que son personas locales con auto que se ofrecen para llevar
a turistas, generalmente durante la noche), que lo paseó por las calles rusas
porque no sabía bien a dónde tenía que ir, que le ofreció cocaína y que al
recibir la negativa de mi amigo se mandó una línea solito– estacionando el auto
en el medio de la calle –y que fue arrestado a varias cuadras de donde nos
quedábamos.
Hacer un crucero nocturno por el río Nevá lo marcaría
como paseo obligatorio. Especialmente si se visita Rusia durante el verano y se
tiene la oportunidad de ver días eternos. Las noches blancas, como le llaman a
ese fenómeno de luz de sol continua, es un espectáculo en sí mismo, pero si a
esto lo acompañamos con un lento viaje por el río para ver el cambio de colores
(por la luz) en los edificios… entonces es una experiencia completa.
Al bajarnos del crucero comenzamos a caminar por la
avenida Nevski, casi desierta a esa hora. Parte de la noche loca de San
Petersburgo, detalle que las personas que me hablaban de la ciudad seguro se
olvidaron de mencionar, es que los puentes de la megalópolis se levantan a
ciertas horas de la noche y separan la ciudad. Pero tuvimos la buena suerte
(porque todo mal momento en un viaje se convierte en aventura) de que
conseguimos uno de estos taxis civiles que no sabía a dónde llevarnos y en
lugar de al puerto de cruceros nos llevó al puerto de carga.
San Petersburgo sabe de iglesias y palacios. De uno de
los museos más completos del mundo, como es el Hermitage, donde se conservan
piezas desde la época de Pedro, El Grande. De joyas y fiestas reales, también
como tragedia, hambre y frío. San Petersburgo es testigo e invita a sus visitantes
a conocer ambas caras de la historia rusa. La que nos encanta con bailes de
zares y la que nos golpea con olas de frío.
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Vista desde el Palacio de Peterhof, donde los Zares Pedro, El Grande y Catalina, La Grande, solían vivir. |
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Fuente de estatuas doradas que da la bienvenida al palacio de Peterhof. |
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