Dakar, Senegal.
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Con Nafi, el día que la conocí. |
Nafi es la primera esposa. Es una
mujer hermosa, grande y majestuosa que, con su traje y turbante color verde, está
sentada al final del bus, inspeccionando al guía. A él tener una superior
mujer parece no hacerle gracia. El guía es un hombre muy tradicional quien no
dejó pasar momento para contarnos cómo no le gustaba que las tradiciones
estuvieran cambiando.
Según él nos explicó, las mujeres
senegalesas, al casarse, van a vivir a la casa del marido, con la madre del
marido y, teniendo en cuenta que lo común es tener muchos hijos, probablemente,
también vivirían con los hermanos y las esposas de esos hermanos. Todas esas
personas bajo el mismo techo sin tener en cuenta que la tradición musulmana les
permite tener varias esposas. Así que estamos hablando de varias esposas de un
mismo hombre viviendo con la suegra, con los cuñados y con todas las esposas de
esos cuñados. A mí me suena a muchas mujeres juntas. A Nafi también.
“Pero ahora las mujeres no
quieren vivir con la suegra”, dijo el guía con un tono de voz de descreimiento.
¡Y parece que tampoco quieren que el marido se vuelva a casar!
El bus, que estaba lleno de
personas occidentales, no pudo comprender cuál era la pena del guía. Una de
esas mujeres, que era de Estados Unidos, me dijo que ni loca se iba a vivir con
su suegra. “La mujer me odia porque le quité a su bebé”.
Le pregunté a Nafi, entonces, si
ella estaba casada. Me dijo que sí, y que tenía una hija. Le pregunté si su
marido tenía más esposas. “Sólo una más”, me respondió, “Pero yo soy la primera”,
y un dejo de orgullo se escuchó en su voz.
La segunda esposa vive en el piso
de arriba, con sus dos hijas, y el marido se turna al momento de dormir: dos
noches con cada una. Por suerte, me contó, las dos mujeres se llevan bien y las
hijas son muy amigas.
“Tuve suerte”, me contó “mi
marido es mi mejor amigo”. Y con mucho respecto a esa amistad, él le contó que
se iba a volver a casar. Su voz se quebró al decirme que es un momento muy
triste y que, generalmente, la familia de la nueva esposa le da regalos a la
primera esposa. Pero ella le había pedido a su marido que si alguna vez quería
volver a casarse, que le contara. Y él respetó ese pedido, así que al llegar el
día Nafi estaba tan preparada como podía estarlo.
Me contó que claro que apoya la
tradición de su país que es necesaria porque cuantos más hijos tiene un hombre,
más manos de trabajo tendría para la granja. Pero ella, me dijo enseguida, no
vivía en una granja.